lunes, 28 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte III. Por Nicotina

Viajar en colectivos urbanos siempre me molestó, y la espera es algo que me resulta insoportable. Soy un fumador impaciente y esperar es más perjudicial que el propio cigarrillo. Cuando solo me queda esperar, puedo fumar uno cada cinco minutos y soy consciente de ello. Son muy pocas las veces que viajo sentado en estos coches, cuando subo siempre se encuentran llenos, pero esta vez no. Subí y me senté en la fila de un solo asiento, al final del colectivo, cosa que no tenga que pedir tantas veces permiso antes de bajarme cuando éste se haya llenado. En las próximas paradas suben estudiantes, laburantes, mujeres con niños y un policía, al cual le toca viajar parado y decide quedarse junto a mí, al final del pasillo, tal vez por la misma razón de no pedir permiso cuando le toque descender. Lo miro a los ojos y el tipo asienta con la cabeza a modo de saludo, yo no respondo, y lo miro con cara de cansado, tal vez ahora con un poco de asco. El frunce el ceño confundido, mal acostumbrado a que todo el mundo responda ante la amabilidad de una persona armada. Bajo la mirada y me detengo en su arma. Está un tanto deteriorada, como despintada, pero igual me llama la atención, jamás había visto una tan de cerca. Mi viejo tenía un revolver, pero pistolas no había visto nunca, solo en las películas. Es inevitable, mi imaginación ya tomó de rehén al chofer con el arma del policía y ordeno a todos a no moverse, el policía muere antes de que intentara hacer algo heroico y luego empiezo a arrojar a niños que lloran por la puerta. Un tipo se lanza encima de mí y disparo sin querer al chofer dejando al transporte sin control, cuando suena el timbre que avisa al conductor que se detenga y me recuerda que debo prestarle atención al recorrido. No quiero pasar de largo y tener que caminar, así que me asomo por la ventana y veo que faltan un par cuadras. Me levanto de mi lugar así me preparo para bajar y me encuentro al policía mirándome de frente, como desconfiado, mi mirada es tan fea como la suya, creo que ellos notan que personas los odian, serán los tatuajes o la barba, no sé. Lo corro empujando levemente su hombro con mi mano derecha sin decir nada, debo ahorrar “permisos” para cuando fuese necesario. Toco el timbre. Bajo en una garita y unos pibes me piden una moneda. Les doy un cospel y les digo: Tomen, vayan a dormir… - Escucho que putean y los ignoro.

Entro al edificio donde vivo y llamo al ascensor. Sube conmigo una vecina del piso de arriba con un perro en brazos, uno de esos caprichos peludos que parecen peluches y que son más insoportables que sus dueños. Me pierdo unos segundos en sus tetas, sonriendo, para que piense que miro al perro. Es ahí cuando me acuerdo de Elisa, es viernes y tengo muchas ganas de verla, de tocar un par de tetas, no mirarlas, chuparlas. Llego a mi piso, digo chau a ella y al perro, ella se ríe. Pienso que las personas en los ascensores son todas iguales. Son frías, inanimadas, soñadoras, dejan su cuerpo en reposo para escuchar el sonido del elevador al pasar por cada piso. Luego en la noche, al escuchar el monótono ruido de las camas golpeando contra la pared, todo cambia, me imagino a esas personas en situaciones salvajes, mutando su cuerpo en monstruosas criaturas que se absorben entre ellos el amor y el odio, como una riña de vampiros repugnantes.

Estoy cocinando y me llega un mensaje de texto al celular. Es Elisa, que me escribe antes que yo lo hiciera. Quiere salir conmigo esta noche. Yo no tengo muchas ganas de ver gente, pero le digo que sí de todos modos, no quiero que se moleste conmigo y pierda mi única oportunidad de tener sexo. Termino de comer y bajo a comprar unas cervezas. Estoy tomando mucho, eso lo sé, pero me gusta demasiado. No me considero alcohólico, pero los locos tampoco se consideran locos. Además estoy caliente con la mina del kiosco, no se su nombre, a pesar de que voy todos los días a comprar. Es una morocha con cara de niña inocente, pero estoy seguro que no es ni una cosa, ni la otra. Su cuerpo atlético y su tono de voz me indican todo lo contrario. Usa unas calzas que le marcan el culo y unas musculosas que le realzan las tetas, es increíblemente linda. Vuelvo a mi casa y me siento a ver televisión, esperando la hora que propuso Elisa para encontrarnos. Estoy viendo uno de esos programas de peleas callejeras, otro show más de la TV Fuhrer donde siempre muestran a los mismos tipos ebrios fuera de una bailanta, maldiciendo a todo el mundo, pero dirigiéndose muy respetuosamente hacia la cámara, como si le debieran algo. Dejo de prestarle atención a lo que pasa y comienzo a rebobinar, y me acuerdo del culo de la kiosquera, de los pechos de mi vecina, de los pibes que me pidieron una moneda, del policía en el colectivo, y de las casas que visité hoy probando suerte con los Planes. Estoy viendo mi vida en la televisión, mi propio canal donde veo todo lo que mis ojos grabaron durante el día. ¡Un comercial a todo volumen! De esos que uno tiene que mandar mensajes de texto para saber si tiene fiebre, me despierta y miro el reloj, era la hora de irme.

Estoy caminando con Elisa por una avenida muy transitada de Córdoba, los dos estamos muy borrachos e intimidamos con puteadas a los que cruzamos y nos reímos. Había estado toda la noche bebiendo para evadir la realidad de que estaba rodeado de pelotudos, deseando que llegue la hora de acostarme con ella. Llegamos a su casa. Dejo que camine delante de mí para verle el culo, su manera de caminar me excita muchísimo, lo mueve como si supiera lo que está haciendo. En el ascensor nos besamos un rato. Meto mi mano debajo de su pantalón. Detengo el ascensor antes de llegar a su piso. La doy vuelta y golpeo su cabeza contra el espejo, rompiéndolo. Con mi mano izquierda agarro su pelo y con la derecha desabrocho su pantalón. Me meto en ella y la empujo una y otra vez, haciendo que la cabina donde estamos se sacuda bruscamente. A pesar del golpe que sufrió parece disfrutarlo, sus ojos se cierran y ya no vuelve a abrirlos. Acabo muy rápido, mi corazón late muy fuerte y me escucho agitado. Cuando la suelto ella cae al suelo, como desmayada, veo que tiene un corte en la frente y me doy cuenta de lo que hice, me causa gracia en ese momento pero igual me preocupo, quiero mucho a Elisa. Le doy un par de cachetadas y grito su nombre a medida que le pego, no responde. La levanto e intento salir de ahí, el ascensor estaba detenido a dos pisos del suyo. Subimos. Entre tropiezos y caídas, llegamos a su puerta. Busco las llaves dentro de su bolso y entramos, el olor a cigarrillo es insoportable. La acuesto en su cama, limpio la sangre de su cara con servilletas de papel y un poco de agua, y me acuesto a su lado. No puedo dormirme, lo que le hice a Elisa no me deja pegar un ojo, estoy sorprendido de lo que soy capaz. Cada tanto levanto mi cabeza para ver como está y vuelvo a descansar. Voy hasta la cocina en busca de un cigarrillo. Enciendo uno y salgo al balcón. La escucho a ella levantarse y entrando al baño. El ruido del vomito chocando en el agua del inodoro me tranquiliza. Me siento mucho mejor, seguro que ella también.

Observo hacia la calle, veo pasar a unos pibes re chupados gritando y buscando pelear con cualquiera para descargar la bronca que tienen de saber que les toca masturbarse esta noche; más allá veo a un taxista aferrado a la bocina e insultando a otro auto que, haciendo una maniobra brusca, se detiene donde hay un grupo de minas esperando el colectivo; un portero de un edificio despierta a patadas a un vagabundo que se quedó dormido a un costado de la entrada; una señora sacude el mantel por la ventana dejando caer un cuchillo que rebota en la vereda y termina en la calle, la señora se da cuenta de eso y se esconde cerrando las cortinas. Yo arrojo un cigarrillo y es embolsado por el aire, haciendo que se meta en uno de los pisos de abajo donde había otro tipo fumando también, mira para arriba y se encuentra con mi dedo haciendo “FUCK YOU”, me despido con un gallo y entro. A veces el corazón nos dice que hagamos ese tipo de cosas, y sabemos que es él por la poesía que las rodea. Me voy a dormir pensando en mí, jamás me había dedicado tanto tiempo en mi cabeza. Por primera vez me siento bien conmigo mismo, y sé que estoy preparado para más. El miedo y la inseguridad, son palabras que se borraron con el alcohol y mi mala suerte. Por suerte, ahora me siento más vivo que nunca…

Continuará...

domingo, 27 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte II Por Netomancia

La noche me encuentra despierto. No es la culpa lo que me persigue, me río de pensar que podría sentir algo parecido. Es aquella imagen, única y reveladora, de aquel estallido. De escudriñar en cada detalle, la morbosidad de la muerte. Sentir como la vida se desarmaba en fragmentos, allí mismo, delante de todos.
Y como si fuera una atracción, la luna me llama al balcón del departamento, ubicado muy cerca de la terminal. A pesar de ser tarde, muchos jóvenes transitan las calles. La mayoría en grupos, pero de vez en cuando veo a jovencitas caminando con paso apurado, quizá temiendo que alguien las tome por sorpresa y las asalte o peor aún, las viole.
Calculo en mi mente cuánto esfuerzo demandaría situarse en una esquina oscura, aguardar en la paciente penumbra y salir de la nada, tomar a la presa por el cuello y envolverla con su propio miedo, arrastrarla a la oscuridad y sumirla al olvido.
Aquello es una melodía en mi mente, la vibración de una cuerda. Pienso en esa posibilidad y un ardor me afecta el cuerpo, incluso, aunque parezca mentira, me dan deseos de llamar a Elisa a las tres de la madrugada, la chica con la que tengo sexo los fines de semana, para avisarle que salgo para su departamento, porque no aguanto más.
La idea de esconderme en la noche, de transformarme en parte de la misma, me hace sentir vivo. Aquella bomba volándole los sesos al hijo de mi hermano, los gritos de la gente diciéndome ¡hijo de puta, que mierda hiciste! me causa gracia, me tiento y comienzo a reír, a carcajadas. Estoy llorando, pero por la risa. Si hubiesen vistos sus rostros...

Esta tarde me ofrecieron un trabajo, no hay mucho dinero, pero es algo. Lo que mandan los viejos alcanza justo para los gastos y no piensan enviarme más. Pero necesito guita, mi propia guita.
El laburo es para vender planes de ahorro, caminando la ciudad. No me gusta, el hecho de hablar con la gente me provoca náuseas. Pero tiene sus ventajas, como conocer cada calle, sus recovecos, los lugares más apropiados para esconderse. Un trabajo que podría servirme de pantalla para mis cometidos.
Y de paso, proveerme de dinero. Pilcha nueva, algún que otro cuchillo como la gente y por supuesto, un fierro. Desde hace unos días que lo tengo en la cabeza. Algo potente, que se lleve bien en la mano, preferiblemente automática.
Además está Analía, la chica que atiende el escritorio de entrada de la empresa. Ojos verdes, cabello lacio y color azabache, piel bronceada. Me mira con cierto temor, quizá porque no le quito la vista de encima cuando estoy allí. No hemos hablado, apenas el saludo cuando llego. Pero me gusta, vaya que me gusta. A veces me dan ganas de preguntarle “¿te doy miedo putita de mierda?“. Pero no quiero espantarla. No por el momento. Tengo otros planes.

Apenas si duermo. El sueño llega casi al amanecer y a media mañana debo estar en el trabajo. Cuando la luna aparece, mi mente vuela, los planes llegan como dictados por otras mentes. El corazón me palpita excitado. Pienso en Elisa, en poder amarrarla a la cama; en Analía, en cómo se verían esos ojos a la luz de las estrellas, en un descampado, mientras una de mis manos se mete debajo de su ropa y la otra tapa su boca; creo que se verían aterrados, desesperados.
Pero ante todo, la imagen más fuerte que me atraviesa mientras admiro la noche, es la de aquella cabeza estallando. Una desgracia con suerte. Al menos, para mí. Gracias al niño, encontré el camino correcto.

Continuará...

sábado, 26 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte I Por Nicotina

Hace media hora que terminamos de comer y yo ya voy por el cuarto vaso de Fernet, si sigo así es muy probable que mi navidad termine en desastre, o mucho peor, terminar siendo el hazmerreir de la fiesta. Me levanto a preparar el quinto y veo que ya son casi las doce, salgo corriendo antes de que mi carroza se convierta en calabaza, bah, en realidad voy a buscar la pirotecnia, estoy muy lejos de ser una Cenicienta… Vuelvo y están todos con las botellas de champagne en la mano, algunos ya descorcharon, otros pelotudos les gusta escuchar el sonido del corcho junto con los estruendos. Tengo todo listo, cuatro cañas voladoras de $ 50 pesos cada una, diez bombas de estruendo de 3 pulgadas y un surtido de pirotecnia para niños, si, para niños, existen juguetes que no son aptos para menores de 5 años, pero tranquilamente a esa edad pueden manipular el fuego. Coloco las cuatro cañas una al lado de la otra y lo dejo a mi viejo que las encienda, yo me encargo de lo más importante. ¡Doce en punto! Bueno, algunos tenían doce menos dos minutos, para otros ya era casi la una, pero siempre hay un idiota que tiene el reloj a horario según el noticiero, y eso ya es suficiente para que todos los giles digan: “¡El reloj de Cacho es el que está en horario!” Ni siquiera eso pueden hacer sin el consentimiento de la televisión. Además depende del que mira cada uno, porque si miras “TN” son las 12:00 hs, si miras “Crónica” son las 12:03 hs y si miras “C5N” estás mal de la cabeza… Sale volando la primera caña voladora, cinco segundos luego se escucha un coro de idiotas: “Aaaaaaaaaaaahhhhhh… Qué hermoso.” ¡Todavía no vieron nada! Enciendo la primera bomba, despega y explota a 15 metros del suelo, el estruendo es increíble, la gente se empieza alejar… La segunda bomba asusta un poco a los que quedaban, explotó a la mitad de altura que la anterior. Enciendo la tercera y se queda atascada en el mortero. ¡La puta madre! Muy pocos son los que nos damos cuenta, mi hermano no era uno de ellos y no vio que su hijo, mi sobrino, de casi 2 años de edad se alejó de él en dirección al mortero… Ya era tarde… ¡La bomba explota a la altura de su pequeña cabeza! ¡Los gritos desgarrados de todos y el precoz llanto de mi madre, apagaron todos los sonidos de festividad! Todo el mundo temblaba y no sabían qué hacer ante tal desagradable acontecimiento. Había matado al único nieto de la familia. Estaba condenado a una vida de mierda, lo supe al instante…

Es extraño como la vida de alguien puede cambiar tan drásticamente… En un cerrar y abrir de ojos, uno puede quedar en la calle desamparado, sin consuelo o perder la cabeza con una bomba de estruendo…

Siete meses después, estoy viviendo en la ciudad de Córdoba, bancado por mis viejos, no me costó demasiado pedirle que me dejen venir acá, se les hacía muy difícil convivir con un asesino, yo creo… Traje mi guitarra, un televisor, la computadora y una caja con mis libros. Estoy pensando en alguna carrera universitaria. Antes de mi trágico acontecimiento estaba estudiando en el profesorado de música, me di cuenta que iba a relacionarme con muchos pibes, y es algo que no podría soportar, uno nunca sabe en qué momento le puede explotar la cabeza a alguno… Mientras tanto me busco un trabajo. Debido a mi perfil psicológico, no me toman en los lugares que se trabaja con niños, igual sigo insistiendo, necesito la plata, no voy a quedar en la calle por culpa de una manada de pendejos…

To be continued...