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La culpa es del niño. Parte II Por Netomancia

La noche me encuentra despierto. No es la culpa lo que me persigue, me río de pensar que podría sentir algo parecido. Es aquella imagen, única y reveladora, de aquel estallido. De escudriñar en cada detalle, la morbosidad de la muerte. Sentir como la vida se desarmaba en fragmentos, allí mismo, delante de todos.

Y como si fuera una atracción, la luna me llama al balcón del departamento, ubicado muy cerca de la terminal. A pesar de ser tarde, muchos jóvenes transitan las calles. La mayoría en grupos, pero de vez en cuando veo a jovencitas caminando con paso apurado, quizá temiendo que alguien las tome por sorpresa y las asalte o peor aún, las viole.
Calculo en mi mente cuánto esfuerzo demandaría situarse en una esquina oscura, aguardar en la paciente penumbra y salir de la nada, tomar a la presa por el cuello y envolverla con su propio miedo, arrastrarla a la oscuridad y sumirla al olvido.
Aquello es una melodía en mi mente, la vibración de una cuerda. Pienso en esa posibilidad y un ardor me afecta el cuerpo, incluso, aunque parezca mentira, me dan deseos de llamar a Elisa a las tres de la madrugada, la chica con la que tengo sexo los fines de semana, para avisarle que salgo para su departamento, porque no aguanto más.
La idea de esconderme en la noche, de transformarme en parte de la misma, me hace sentir vivo. Aquella bomba volándole los sesos al hijo de mi hermano, los gritos de la gente diciéndome ¡hijo de puta, que mierda hiciste! me causa gracia, me tiento y comienzo a reír, a carcajadas. Estoy llorando, pero por la risa. Si hubiesen vistos sus rostros...



Esta tarde me ofrecieron un trabajo, no hay mucho dinero, pero es algo. Lo que mandan los viejos alcanza justo para los gastos y no piensan enviarme más. Pero necesito guita, mi propia guita.
El laburo es para vender planes de ahorro, caminando la ciudad. No me gusta, el hecho de hablar con la gente me provoca náuseas. Pero tiene sus ventajas, como conocer cada calle, sus recovecos, los lugares más apropiados para esconderse. Un trabajo que podría servirme de pantalla para mis cometidos.
Y de paso, proveerme de dinero. Pilcha nueva, algún que otro cuchillo como la gente y por supuesto, un fierro. Desde hace unos días que lo tengo en la cabeza. Algo potente, que se lleve bien en la mano, preferiblemente automática.
Además está Analía, la chica que atiende el escritorio de entrada de la empresa. Ojos verdes, cabello lacio y color azabache, piel bronceada. Me mira con cierto temor, quizá porque no le quito la vista de encima cuando estoy allí. No hemos hablado, apenas el saludo cuando llego. Pero me gusta, vaya que me gusta. A veces me dan ganas de preguntarle “¿te doy miedo putita de mierda?“. Pero no quiero espantarla. No por el momento. Tengo otros planes.



Apenas si duermo. El sueño llega casi al amanecer y a media mañana debo estar en el trabajo. Cuando la luna aparece, mi mente vuela, los planes llegan como dictados por otras mentes. El corazón me palpita excitado. Pienso en Elisa, en poder amarrarla a la cama; en Analía, en cómo se verían esos ojos a la luz de las estrellas, en un descampado, mientras una de mis manos se mete debajo de su ropa y la otra tapa su boca; creo que se verían aterrados, desesperados.
Pero ante todo, la imagen más fuerte que me atraviesa mientras admiro la noche, es la de aquella cabeza estallando. Una desgracia con suerte. Al menos, para mí. Gracias al niño, encontré el camino correcto.

Continuará...

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