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La culpa es del niño. Parte III. Por Nicotina

Viajar en colectivos urbanos siempre me molestó, y la espera es algo que me resulta insoportable. Soy un fumador impaciente y esperar es más perjudicial que el propio cigarrillo. Cuando solo me queda esperar, puedo fumar uno cada cinco minutos y soy consciente de ello. Son muy pocas las veces que viajo sentado en estos coches, cuando subo siempre se encuentran llenos, pero esta vez no. Subí y me senté en la fila de un solo asiento, al final del colectivo, cosa que no tenga que pedir tantas veces permiso antes de bajarme cuando éste se haya llenado. En las próximas paradas suben estudiantes, laburantes, mujeres con niños y un policía, al cual le toca viajar parado y decide quedarse junto a mí, al final del pasillo, tal vez por la misma razón de no pedir permiso cuando le toque descender. Lo miro a los ojos y el tipo asienta con la cabeza a modo de saludo, yo no respondo, y lo miro con cara de cansado, tal vez ahora con un poco de asco. El frunce el ceño confundido, mal acostumbrado a que todo el mundo responda ante la amabilidad de una persona armada. Bajo la mirada y me detengo en su arma. Está un tanto deteriorada, como despintada, pero igual me llama la atención, jamás había visto una tan de cerca. Mi viejo tenía un revolver, pero pistolas no había visto nunca, solo en las películas. Es inevitable, mi imaginación ya tomó de rehén al chofer con el arma del policía y ordeno a todos a no moverse, el policía muere antes de que intentara hacer algo heroico y luego empiezo a arrojar a niños que lloran por la puerta. Un tipo se lanza encima de mí y disparo sin querer al chofer dejando al transporte sin control, cuando suena el timbre que avisa al conductor que se detenga y me recuerda que debo prestarle atención al recorrido. No quiero pasar de largo y tener que caminar, así que me asomo por la ventana y veo que faltan un par cuadras. Me levanto de mi lugar así me preparo para bajar y me encuentro al policía mirándome de frente, como desconfiado, mi mirada es tan fea como la suya, creo que ellos notan que personas los odian, serán los tatuajes o la barba, no sé. Lo corro empujando levemente su hombro con mi mano derecha sin decir nada, debo ahorrar “permisos” para cuando fuese necesario. Toco el timbre. Bajo en una garita y unos pibes me piden una moneda. Les doy un cospel y les digo: Tomen, vayan a dormir… - Escucho que putean y los ignoro.
Entro al edificio donde vivo y llamo al ascensor. Sube conmigo una vecina del piso de arriba con un perro en brazos, uno de esos caprichos peludos que parecen peluches y que son más insoportables que sus dueños. Me pierdo unos segundos en sus tetas, sonriendo, para que piense que miro al perro. Es ahí cuando me acuerdo de Elisa, es viernes y tengo muchas ganas de verla, de tocar un par de tetas, no mirarlas, chuparlas. Llego a mi piso, digo chau a ella y al perro, ella se ríe. Pienso que las personas en los ascensores son todas iguales. Son frías, inanimadas, soñadoras, dejan su cuerpo en reposo para escuchar el sonido del elevador al pasar por cada piso. Luego en la noche, al escuchar el monótono ruido de las camas golpeando contra la pared, todo cambia, me imagino a esas personas en situaciones salvajes, mutando su cuerpo en monstruosas criaturas que se absorben entre ellos el amor y el odio, como una riña de vampiros repugnantes.
Estoy cocinando y me llega un mensaje de texto al celular. Es Elisa, que me escribe antes que yo lo hiciera. Quiere salir conmigo esta noche. Yo no tengo muchas ganas de ver gente, pero le digo que sí de todos modos, no quiero que se moleste conmigo y pierda mi única oportunidad de tener sexo. Termino de comer y bajo a comprar unas cervezas. Estoy tomando mucho, eso lo sé, pero me gusta demasiado. No me considero alcohólico, pero los locos tampoco se consideran locos. Además estoy caliente con la mina del kiosco, no se su nombre, a pesar de que voy todos los días a comprar. Es una morocha con cara de niña inocente, pero estoy seguro que no es ni una cosa, ni la otra. Su cuerpo atlético y su tono de voz me indican todo lo contrario. Usa unas calzas que le marcan el culo y unas musculosas que le realzan las tetas, es increíblemente linda. Vuelvo a mi casa y me siento a ver televisión, esperando la hora que propuso Elisa para encontrarnos. Estoy viendo uno de esos programas de peleas callejeras, otro show más de la TV Fuhrer donde siempre muestran a los mismos tipos ebrios fuera de una bailanta, maldiciendo a todo el mundo, pero dirigiéndose muy respetuosamente hacia la cámara, como si le debieran algo. Dejo de prestarle atención a lo que pasa y comienzo a rebobinar, y me acuerdo del culo de la kiosquera, de los pechos de mi vecina, de los pibes que me pidieron una moneda, del policía en el colectivo, y de las casas que visité hoy probando suerte con los Planes. Estoy viendo mi vida en la televisión, mi propio canal donde veo todo lo que mis ojos grabaron durante el día. ¡Un comercial a todo volumen! De esos que uno tiene que mandar mensajes de texto para saber si tiene fiebre, me despierta y miro el reloj, era la hora de irme.
Estoy caminando con Elisa por una avenida muy transitada de Córdoba, los dos estamos muy borrachos e intimidamos con puteadas a los que cruzamos y nos reímos. Había estado toda la noche bebiendo para evadir la realidad de que estaba rodeado de pelotudos, deseando que llegue la hora de acostarme con ella. Llegamos a su casa. Dejo que camine delante de mí para verle el culo, su manera de caminar me excita muchísimo, lo mueve como si supiera lo que está haciendo. En el ascensor nos besamos un rato. Meto mi mano debajo de su pantalón. Detengo el ascensor antes de llegar a su piso. La doy vuelta y golpeo su cabeza contra el espejo, rompiéndolo. Con mi mano izquierda agarro su pelo y con la derecha desabrocho su pantalón. Me meto en ella y la empujo una y otra vez, haciendo que la cabina donde estamos se sacuda bruscamente. A pesar del golpe que sufrió parece disfrutarlo, sus ojos se cierran y ya no vuelve a abrirlos. Acabo muy rápido, mi corazón late muy fuerte y me escucho agitado. Cuando la suelto ella cae al suelo, como desmayada, veo que tiene un corte en la frente y me doy cuenta de lo que hice, me causa gracia en ese momento pero igual me preocupo, quiero mucho a Elisa. Le doy un par de cachetadas y grito su nombre a medida que le pego, no responde. La levanto e intento salir de ahí, el ascensor estaba detenido a dos pisos del suyo. Subimos. Entre tropiezos y caídas, llegamos a su puerta. Busco las llaves dentro de su bolso y entramos, el olor a cigarrillo es insoportable. La acuesto en su cama, limpio la sangre de su cara con servilletas de papel y un poco de agua, y me acuesto a su lado. No puedo dormirme, lo que le hice a Elisa no me deja pegar un ojo, estoy sorprendido de lo que soy capaz. Cada tanto levanto mi cabeza para ver como está y vuelvo a descansar. Voy hasta la cocina en busca de un cigarrillo. Enciendo uno y salgo al balcón. La escucho a ella levantarse y entrando al baño. El ruido del vomito chocando en el agua del inodoro me tranquiliza. Me siento mucho mejor, seguro que ella también.
Observo hacia la calle, veo pasar a unos pibes re chupados gritando y buscando pelear con cualquiera para descargar la bronca que tienen de saber que les toca masturbarse esta noche; más allá veo a un taxista aferrado a la bocina e insultando a otro auto que, haciendo una maniobra brusca, se detiene donde hay un grupo de minas esperando el colectivo; un portero de un edificio despierta a patadas a un vagabundo que se quedó dormido a un costado de la entrada; una señora sacude el mantel por la ventana dejando caer un cuchillo que rebota en la vereda y termina en la calle, la señora se da cuenta de eso y se esconde cerrando las cortinas. Yo arrojo un cigarrillo y es embolsado por el aire, haciendo que se meta en uno de los pisos de abajo donde había otro tipo fumando también, mira para arriba y se encuentra con mi dedo haciendo “FUCK YOU”, me despido con un gallo y entro. A veces el corazón nos dice que hagamos ese tipo de cosas, y sabemos que es él por la poesía que las rodea. Me voy a dormir pensando en mí, jamás me había dedicado tanto tiempo en mi cabeza. Por primera vez me siento bien conmigo mismo, y sé que estoy preparado para más. El miedo y la inseguridad, son palabras que se borraron con el alcohol y mi mala suerte. Por suerte, ahora me siento más vivo que nunca…
Continuará...

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