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La culpa es del niño. Parte IV Por Netomancia

La imagen en el espejo es mía, pero tan solo es la forma en la que me ven los demás. Ni el reflejo ni los ojos ajenos pueden invadir mi mente, conocer mis pensamientos, aborrecer mis ideas. Deslizo el peine con cuidado, me tomo mi tiempo.

Luzco bien, recién afeitado. La camisa es sobria y combina con el pantalón. Zapatos elegantes aunque no costosos. Una última mirada. Observo la figura que tengo delante. Excelente. Hoy es el día y todo tiene que ser excelente.
Salgo con varios minutos de adelanto, para llegar a horario. Como los días anteriores, le tomo el tiempo a cada cuadra, los minutos que tardo en llegar al trabajo, los pasos que hay desde la puerta hasta la recepción que atiende Analía, los segundos que demoro en cruzar por delante de ella.
Asisto a la reunión de cada mañana, río a la par de todos, bebo un café casi tibio en un vaso plástico sin quejarme y recibo la hoja con las direcciones a visitar, para posibles ventas. Me retiro ya con la hoja guardada en la mochila. Paso por delante de Analía y le guiño el ojo. Se sorprende, lo noto. Sus ojos verdes brillan por un instante y de inmediato vuelven al monitor que tiene delante.
Hago mi recorrido. Llevo los auriculares puestos del mp3, pero no escucho música. La gente piensa que voy absorto en la música, pero no es así. Estudio los gestos, movimientos, actitudes. El género humano bajo mi lupa. Camino entre problemas ajenos, una masa que no se detiene, que deja pasar como si nada a una mente que desea matar a su lado. Comprendo, que ninguno puede ver. Y la ceguera colectiva, es mi mejor coartada.

Las primeras sombras se recuestan sobre el atardecer, lánguidamente. Pronto serán mi guarida. Y mientras eso sucede, disfruto del aire envuelto en ese tóxico elixir que emana la ciudad de sus poros de cemento y acero, esa mezcla penetrante de cigarrillo, gases, aceite, nafta y miseria humana.
Mis manos no tiemblan, mis ojos no se dilatan, mi piel no transpira. Excelente, todo debe ser excelente. El ruido de la ciudad convierte el paisaje en un terremoto cotidiano. Automóviles veloces, bocinas que chillan, gritos desaforados, músicas que se cruzan. Los sentidos todos quedan atrapados en esa vorágine moderna, lacerante.
Allí me recuesto, como uno más, pero sin serlo. Caminan a mi lado, sin preguntarse quién soy, qué hago allí, cuáles son mis sueños, mis deseos. Estoy dónde debo estar. En el lugar donde nadie hace preguntas. Es el sitio perfecto, es el siglo correcto. Cada uno sintiéndose especial sin saber que son la misma cosa. Una masa de individualidades que se mueven, respiran y sienten al unísono. Escondiéndome de uno, me escondo de todos. Matando a uno...
Jóvenes de paso apurado, de ropas provocativas. Bellezas sin dueño, más que el propio destino. La noche se llevó al día y me entregó la confianza. El corazón no late y está bien. Excelente, todo debe ser excelente. Ellas caminan despreocupadas, sintiéndose cerca de sus departamentos, cada vez más a salvo del exterior que según cuentan es peligroso. Pero ellas lo saben por la televisión, por relatos, pero nunca les ha pasado nada.
Miran a un lado y otro para cruzar la calle, pero no son los automóviles los que están armados. No dejan de observar el celular que llevan en la mano, para estar atentas a un nuevo mensaje, pero no será en un texto que arribará la amenaza.
¿Y cuál es la adecuada? ¿Gusta el señor en alguna en particular? No, es preferible la sorpresa, un menú fuera de la carta del día. Al menos hoy, que es el día. La iniciación.
La veo venir. No más de veinte años. Calzas azules, cortas. Remera ajustada. Ella sabe que muestra, ella sabe que provoca. Es más, quiere que sea así. Dice sin decirlo “esto es mío y no lo vas poder tener”. Aunque eso sería en un día común, no hoy. Porque hoy lo voy a tener.
Pasa a mi lado, casi como exhalación. La sigo, con cuidado. Me aproximo, muy seguro de mis movimientos. No lo espera, no lo ve venir. Mi brazo se adelanta a su cuerpo, rodea su cuello y la tira hacia atrás. ¡Se siente tan bien! ¡Es tan fácil! La arrastro hacia una cortada. Se agita contra mi cuerpo, su cadera me choca la entrepierna y me excita. Sus gemidos mueren en la palma de mi mano, que cubren su boca. La respiración entrecortada entibia el dorso de la mano.
La giro, dejo que vea mis ojos y yo penetro en los suyos. Ella se encuentra con una capa de hielo, yo me sumerjo en el mismo infierno. Solo hay terror. Lo sabe, sabe que va a morir. Sus tetas se apoyan en mi torso, lucha, se resiste, es como un pez atrapado por el anzuelo. Hay belleza aún en ese rostro, a pesar de las lágrimas, de la agitación. A pesar de la inminente presencia de la muerte, que tiñe cada ángulo de su inmaculada inocencia de un color pálido, casi ajeno a la razón, nunca más alejado de la realidad.
La empujo contra una pared, arremeto con mi mano libre, manoseo cada parte de su sexo, le hago temer por su dignidad además de su vida, me divierto, gozo, me siento vivo. Y entonces, cuando menos se lo espera, llevo la mano a mi cintura. No le doy tiempo a pensar si en busca de algo o de abrir la bragueta. Saco el cuchillo y no dudo, lo impulso al estómago, lo retiro, al hígado, lo retiro, al corazón y sigo, saboreando cada aroma, cada sonido en esa calle oscura, en esa vida que se evapora entre mis brazos.
Para medianoche estoy en casa, despierto bajo las estrellas, apoyado en la baranda del balcón, observando a los que aún transitan por las veredas. A pocas calles, dentro de unas cajas de cartón, descansan los restos del primer deseo hecho realidad. Me enciendo un cigarrillo e inevitablemente comienzo a reír.
Y mentalmente me corrijo: Segunda víctima, segunda...

En el espejo ya no veo a la misma persona que el día anterior. Esta es otra. Es más grande, más fuerte, más decidida. Sus ojos son como los de un águila, sus rasgos aparentan ser parte de la noche misma, incluso sus hombros parecen los de un gladiador. Y sin embargo, los ojos ajenos seguirán viendo a un joven, uno más entre los miles que ven a diario.
Le digo adiós al reflejo y salgo al trabajo. No me tomo el tiempo, no calculo los pasos, ni siquiera cuento las cuadras. Eso es parte del pasado. De una preparación exitosa. He dado el salto. He dejado atrás al niño. Ahora soy quién escoge donde explotará la bomba, ya no el destino.
Camino tranquilo, percibiendo la letanía de la ciudad. Llego a la empresa tarde, pero no me importa. Me detengo delante del escritorio de la recepción. Allí está Analía. Levanta los ojos, reparando en mi presencia. Quizá recuerde aún el gesto del día anterior, es probable que tenga curiosidad. Pero no sonríe, no comienza un diálogo, tan solo permanece del otro lado del mueble, observándome.
Muestro mi mejor sonrisa y alargando la mano, saco una hoja de su bloc de notas de hojas espiraladas. Le quito una birome que tiene en el bolsillo superior de la camisa y escribo en la hoja mi número de teléfono. Lo doblo y lo meto junto a la birome en el bolsillo que estaba guardada la misma, rozándole adrede en el movimiento su seno.
Por primera vez sonríe. Hago lo mismo y le vuelvo a guiñar el ojo. Todas quieren lo mismo, todas lo tendrán.
Di media vuelta y fui hasta la oficina para la reunión de vendedores. Esa mañana no reí junto a los demás. Esa mañana me sentía superior. La jornada anterior había sido excelente.

Continuará...

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