martes, 15 de marzo de 2011

La culpa es del niño. Parte V. Por Nicotina

Caminar. Caminar por reflejo es algo que ya dejé de hacer, si bien, ya no cuento mis pasos, ni me concentro en ese monótono proceso de poner un pie delante del otro, si me fijo en lo que me rodea, me concentro en lo que sucede ahí afuera. Mi camino no miente, ya no finjo el trayecto sistematizado que acostumbraba a seguir, lo renuevo cada día. Camino, invento historias, señalo a personas, las identifico, las discrimino en grupos de colores. Como la plaza monocromática, la que se encuentra frente a una iglesia cerca de la casa de un compañero de trabajo. Blanco y negro durante el día, blanco y negro en la noche. Casamientos y funerales, novias y viudas. Hoy domingo me invitó mi amigo a ver el partido de River Plate, asistí para no quedar mal. Perdieron, no fue un buen encuentro, el equipo con el que jugaron de local les dio una buena paliza. Al terminar el partido comemos algo y analizamos el juego mientras hacemos zapping hasta encontrar una buena película. El fernet comienza a desfilar sobre la mesa y a circular por nuestra sangre. Es muy tarde ya, ambos tenemos que trabajar y la película donde nos detuvimos la vimos más de 10 veces. Así que me despido y emprendo mi caminata hasta mi casa, paso por la plaza y un grupo de jóvenes encapuchados de atuendo oscuro perfuman el viento con el agradable aroma de la marihuana, no dejan de reírse entre anécdotas que se sueltan y empujan las agujas del reloj. El tren de carga que pasa a esa hora se hace oír y me indica que estoy cerca del ferrocarril. Al llegar las barreras están bajas y el tren asoma su cara en las vías. Enciendo un cigarrillo y me acerco lo más que puedo a la gigantesca locomotora. Una señora se mantiene lo más alejada posible esperando hasta que desaparezca la estela de viento que deja la cola de la maquina. A mí me gusta sentir el temblor bien de cerca. Estoy algo mareado y desinhibido por la bebida, así que me arrodillo a un costado de los rieles y acerco mi cabeza a las ruedas, se siente maravilloso, como un motor asesino y escandaloso. El silencio se roba el incesante traqueteo del tren y la señora a un costado da el primer paso para cruzar las vías, yo me levanto y hago lo mismo. La señora pasa a mi lado y me observa sorprendida, asustada, como en presencia de algo paranormal. “BU!” - La asusto y me rio. La señora se tropieza y casi se cae, me insulta y deja de creer en fantasmas.

Al ingresar a mi edificio, me inquieta la paz que hay ahí dentro, ningún sonido que me distraiga de las sirenas en la calle. Está todo oscuro y espero que el sensor de movimiento que activa las luces, detecte mi alma y me muestre el camino al ascensor. Eso no sucede, lo que me indica que sin luz los elevadores no andan, enciendo las luces de emergencia que se encuentran en el techo y le doy un par de patadas a la puerta del elevador. Subo las escaleras en un instante, pues eso es lo que me parece. Al llegar a mi piso me olvido del desperfecto eléctrico y acerco mi mano hacia el sensor para prender las luces y como se supone, no funciona. Entro a mi departamento después de renegar por un rato con las llaves y abro las cortinas para que entre un poco de la prematura luz del sol. Me dirijo hacia la cocina y agarro un cuchillo Tramontina, y aprovechando que no hay corriente, corto los cables del detector para llevarme un souvenir, un recuerdo. Lo dejo sobre la mesa, cepillo mis dientes y me acuesto.

Día lunes, el peor de todos. Es la pata del hámster que se monta a la rueda para girar sin cesar hasta el día viernes. Luego de desayunar e ir al baño, me encuentro en el pasillo del piso donde vivo, espero el ascensor para irme a trabajar. Mi vecina, como de costumbre, sube conmigo. Me comenta sobre la desaparición del dispositivo negro que nos da luz, yo muestro interés en el asunto y me hago el enojado con el mantenimiento del edificio. Al llegar abajo me doy cuenta que no llevaba conmigo mi billetera, otra vecina de mi piso sube conmigo y haciéndome el desconocido pregunto a que piso se dirige. Contesta de manera cortante y grosera. Se muestra inquieta y no deja de morderse el labio inferior, me pregunto por dentro que es lo que le sucede. Dejo salir a ella como buen caballero y la observo alejarse, perdiéndose cuando llega a su puerta donde vive y la cierra con fuerza, como muy molesta por algo. Comienzo a desconfiar de su comportamiento. ¿Por qué lo hizo? ¿Sabrá algo de mi acto de vandalismo? ¿Me habrá visto? Es algo que no lo voy a saber, pero sin duda me va a mantener mi cabeza ocupada por el resto del día.

Recibo un mensaje al celular, un número desconocido, que dice: “Estas yegando tard lindo… Dond estas?” No lo respondo y me apuro para tomarme el colectivo. Al llegar, veo la parada vacia, ya había pasado mi coche. Miro el reloj y con la misma mano le hago señas a un taxi que justo dejaba a un pasajero. Odio a los taxistas, siempre se aprovechan y te cobran carísimo, si es que tenés suerte y no te roban con algún tipo de truco. Llego al trabajo. No me preocupan mis jefes, me preocupa más quien me envió el mensaje, aunque por dentro sabía quién era. Analía me ve llegar y sonríe. “¿Te llegó mi mensaje?” Me pregunta. Respondo que sí y le agradezco por preocuparse. “No es nada, la próxima ponete las pilas, no sea cosa que tenga que salir a buscarte boludo…” Se ríe. No digo nada y sonrío. No si voy a buscarte yo primero… Pienso.

Vuelvo del trabajo y mi cabeza, a pesar del contaminante ruido de las calles y el caminar agitado de las personas que ansían con llegar a sus hogares, se encuentra en paz. Llego al séptimo piso, el mío y escucho el ruido de la televisión que sale de un departamento muy fuerte, como si su puerta se encontrara abierta. Me acerco despacio y me encuentro frente a la entrada, la veo a la mina que subió conmigo a la mañana, entrar a la cocina. Paso y cierro la puerta. Su novio que se encontraba frente al televisor de espaldas a la puerta, no me escucha. Me acerco por detrás y paso mi cuchillo levemente por debajo de su mentón, gracias al aparato hipnotizador de 32 pulgadas, el no lo nota. Al hacer zapping la pantalla se oscurece y muestra a alguien más en su reflejo, le corto el cuello antes que llegue a abrir la boca del susto. Limpio el cuchillo con su camisa y me dirijo a la cocina. La veo a ella de espaldas y me acerco con cuidado. Se agacha para introducir una bandeja dentro del horno y yo la empujo con mi verga mientras que la mano que no sostiene el cuchillo, acaricia su cintura hasta tomarla de la panza. Ella se levanta y lleva su mano derecha hacia mi nuca, tira la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y la beso en el cuello. La mano que antes acariciaba su panza ahora la sostiene del pelo y la empuja con fuerza hasta estrellar su cara en la parrilla de la cocina. Estoy en su habitación, ella está acostada boca arriba, desnuda y con un trapo que le impide hablar, o gritar. Me masturbo con esa imagen hasta lograr una erección y me meto en ella despacio, conservando el mismo ritmo con el que entré a su departamento. Luego de unos minutos ella abre los ojos y se encuentra con su vecino sudando de placer. Llevo el filo del cuchillo a la punta de su nariz y le digo: “No quiero sonar grosero pero, por como actuaste hoy en el ascensor, pensé que hacía mucho que no garchabas…” Mi cuchillo se mete tantas veces en su corazón y en su estomago, como lo hice yo cuando me la cogía. El trapo blanco que la enmudecía, se tiñe de rojo…

No logro acabar, me encuentro cansado. Salgo de ella y me meto en el baño a darme una ducha. Me visto, agarro un par de discos que había sobre la mesa y me voy a mi casa. Pongo uno de los CD que robé, uno de Joaquín Sabina, y me acuesto.

La semana se hizo larga, los policías estuvieron todos los días visitando los departamentos, interrogándonos y revisando cada rincón de nuestras viviendas, el viernes llegó tan cansado como yo. Le escribo a Analía que se había mostrado preocupada por lo ocurrido ese trágico lunes. La noticia estuvo en boca de todo el país, popularidad que seguro envidiaba mi segunda víctima desde allá arriba. Accede a mi invitación y la espero con una buena comida. Ella llegó con un vino y un alfajor de chocolate. Se la pasó toda la semana regalándome dulces porque decía que yo no lo era. Al terminar de comer, saco una botella de ginebra y una coca, preparo dos vasos y nos sentamos en el sillón a ver televisión. Ella me preguntaba cómo me sentía con lo que le sucedió a mis vecinos. Fingí miedo y aproveché para mostrarle mi medida de seguridad, una 9mm que había conseguido a buen precio donde compro la merca. Se asustó un poco al verla pero al rato se relajó y tomo el arma con confianza. La dejó sobre la mesa y me dio un beso, yo le di otro mientras la tomaba de una teta. Agarra la pistola y me apunta al pecho. “Quiero que te desnudes y bailes…” Me dijo riéndose, ya estaba un poco en pedo. Le dije que no juegue con eso, que es peligroso, pero igual me gustó y le hice caso, solo que no bailé. Tomo lo que queda de mi vaso, ella también, hace fondo blanco. Le quito la ropa y lo hacemos a punta de pistola, amenazándonos con quitarnos la vida si no hacemos lo que cada uno pide, hasta que me toca a mí y la obligo a que me la chupe. Una vez que la tengo ahí abajo le doy un golpe en la cabeza con el mango y se desvanece. La llevo a mi habitación y la ato a la cama con cinta adhesiva, la misma que uso para taparle la boca. Pongo música y me voy.

Hoy no estoy de humor para matar alguien, tal vez mañana. Decido salir a caminar, llevo conmigo una cámara de fotos que era de mi viejo, una Canon F1 del 71, maquinón! Y a Mathilda, mí 9mm. Paseo por las calles, saco fotos a los indigentes que duermen en plazas y puertas de edificio. Llego a una esquina de la avenida Chacabuco, me paro en el medio de la calle para fotografiar a los autos que esperan que el semáforo se ponga en verde, me putean y me tiran el auto encima. Tomo fotografías a cualquiera que pasa y me arrojan con botellas y cosas que encuentran en el piso, la mayoría me erra. No me importa que me agredan, me abro paso entre ellos y sigo mi camino buscando a alguien con más huevos, alguien que me quite el aburrimiento. Me acerco despacio por detrás de un taxi que se encuentra estacionado en un lugar muy oscuro, sospechoso. Muy lentamente y agachado me acerco por el costado del conductor, veo por el espejo que el taxista está muy concentrado con algo, por lo que no me ve acercarme. Me asomo rápidamente por la ventana y le grito.

¿Una fotito para la revista Playboy?

¡Que haces pendejo y la concha de tu madre!

Daaaale, si te gusta gordo puto…

El tipo tenía restos de merca en la nariz y en su campera Adidas azul oscuro, probablemente tiró todo del susto. Abre la puerta pero se la pateo antes que ponga un pie en la calle y se golpea la cabeza con el marco. Me alejo unos metros para que pueda salir y cuelgo la cámara en el hombro, como una riñonera. El taxista busca algo debajo del asiento. Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo, mis ojos se abren como el diafragma de mi Canon, pienso en sacar a Mathilda, pero quiero ver primero que hace el, dudo mucho que tenga un arma de fuego, aunque, ¿por qué no? Seguramente esa duda me costaría la vida, pero me arriesgo, no quiero ser yo el cobarde. Saca una macana, una macana como la de los policías, pero de madera, como la que se utiliza comúnmente para medir la presión de las gomas en colectivos y camiones. El gordo hace un par de pasos y tira su primer golpe, lo esquivo. Tira el segundo e intento quitarle el palo, mi mano se resbala. El tercero me agarró distraído tratando de sujetarlo del cuello y golpea en mi cabeza. Hago unos pasos hacia atrás casi sin equilibrio, el taxista se acerca otra vez con su palo, el golpe es directo a las costillas, caigo al piso. El tipo me putea a medida que me caga a patadas en el suelo, las patadas son en el culo y en la pierna derecha, ninguno a la cabeza por suerte, eso me ayuda a cobrar el conocimiento rápido. Me levanto y me alejo en menos de un segundo, me fijo si le pasó algo a la cámara, solo unos raspones, es de fierro! El conductor del auto me sigue puteando y amenaza con matarme si no me “tomo el palo”. Me acerco pidiéndole disculpas, el me grita que me vaya mientras señala hacia arriba con su macana de madera. Cuando vuelve a insultar y levanta nuevamente su brazo, aprovecho para volver a atacar, doy unos pasos largos y le pego una patada en el pecho, el palo sale despedido y cae en la vereda. Lo tengo en el suelo. Comienzo a pegarle en la cara con mi puño cerrado, duro como una roca, al cabo de unos segundos el taxista queda noqueado. Me levanto y recojo el palo, le doy con toda mi fuerza en la frente solo para asegurarme que no se despierte más, o por lo menos por un rato largo. Abro el baúl del 504, empiezo a tirar a la calle las cosas que hay dentro para poder meter el cuerpo, solo dejo un bidón amarillo que estaba vacío. Me cuesta mucho levantarlo al gordo, pero más me cuesta encontrar la forma que el cuerpo entre y que pueda cerrar la tapa. Al fin lo logro y me subo a bordo del Peugeot. Tenía esas pelotitas para masajes en el asiento de conductor, los tapizados forrados con nylon cristal y muchos rosarios de diferentes colores colgando del espejo.

No hay rumbo, no hay un destino fijo, solo me paseo por las calles que conozco y que siempre quise recorrerlas en auto. Voy el centro, luego agarro la Avenida Yrigoyen hasta llegar a la plaza España. La gente me saluda, por lo menos eso parece. Me acuerdo que estoy manejando un taxi y probablemente quieren que los lleve, que pelotudo. Pienso en lo que puedo hacer desde aquí arriba y me río. ¡Puedo elegir a quién yo quiera y llevarlo donde sea! Que es más o menos lo que hace un taxista, pero bueno, no las voy a llevar adonde me pidan. Veo un par de minas muy en pedo, riéndose a carcajadas, por suerte levantan la mano. Me acerco haciendo una maniobra inesperada para los que venían atrás y me cagan puteando. Los bocinazos les quitó la risa a las hermosuras que luego se subieron en el asiento de atrás y ahora me piden que las lleve al barrio Cofico. Antes de cruzar el puente paso por una estación de servicio y le aviso a las chicas que debía cargar combustible y que el viaje les iba a salir la mitad si me esperaban. Sin que nadie me vea abro el baúl para sacar el bidón amarillo y le pido al playero que lo llene porque a un compañero se le quedo el móvil camino adonde yo iba. Uno en esas situaciones le da explicaciones a todo el mundo por todo lo que hacemos, o no hacemos.

Una vez del otro lado del rio, reconozco las calles que circulo, es ahí cuando me acuerdo de un lugar que había visto en una de mis jornadas laborales y que me había llamado mucho la atención. Se trata de un galpón abandonado que cuando lo vi por primera vez pensé lo bueno que sería filmar un tiroteo allí. Les miento a las chicas con la excusa que debo tomar otro camino por un accidente que hubo y un poste está cortando el transito, así que me desvío a la derecha. Reconozco donde estoy, sonrío por eso. Las observo por el retrovisor y las veo muy atentas al camino, preocupadas tal vez, nunca saben qué clase de loco les toca como taxista. Las estoy midiendo, necesito saber cómo están ubicadas por si algo pasa. Vuelvo a girar a la derecha para encontrarme con el galpón, estoy en dirección opuesta a la casa de las chicas. La que tengo más lejos, se da cuenta y me llama la atención. Sin perder de vista el camino le pego con el dorso de mi puño derecho a la que tenía bien a mis espaldas, con la misma mano agarro de los pelos a la otra y la traigo adelante, golpeó su cabeza contra el estéreo, una y otra vez.

Estoy caminando por la avenida que desemboca en un puente, del otro lado del rio todavía me queda mucho camino hasta llegar a mi casa, donde tal vez, si no pudo zafarse, me espera Analía en mi cama. Detrás de mí, a un par de cuadras, en un galpón abandonado, un 504 arde en llamas con dos bellezas ebrias y un gordo armado. Si, dejé a Mathilda ahí atrás, como también dejé parte de mí. Me doy cuenta que no quiero seguir más con esto cuando veo que disfruto caminar de nuevo bajo el sol. Soy una persona nueva, de nuevo. Un grupo de niños cierran la vereda por donde yo voy, tienen ropa deportiva y no dejan de cantar canciones de hinchada, sus voces agudas y sus cortes taza ya no me producen rechazo, al pasar junto a ellos, acaricio la cabeza de uno, ya sin miedo a que explote. “¡Qué tocas, puto!” Me grita y sigue cantando junto con los otros niños. Un rayo de sol se refleja en mi sonrisa y encandila a un conductor, haciendo que choque con el que venía adelante. Los gritos, los bocinazos, todos los ruidos de la ciudad se apagan. Volví a ser feliz, ya casi me había olvidado cómo era.

Estoy en mi habitación, parado frente a mi cama vacía, Analía pudo soltarse y se escapó, me imagino que debe haber estado muy asustada al despertarse y ver que un lunático con un arma la había atado con cinta.

En el trabajo la seguí viendo, cada vez que pasaba frente a su escritorio se burlaba de mi, de lo malo que era para atar a las personas. Le pedí disculpas por el golpe en su cabeza, le dije que fue sin querer al intentar correrla porque me estaba mordiendo la verga. Dejamos de juntarnos.

Un día junté coraje e invité a salir a la kiosquera cerca de casa, la que me proveía la cerveza, se llamaba Mariana. Cumplimos un año de novios. Nos juntamos a almorzar en casa de su padre que, casualmente, cumple 50 años de vida. Después de comer, el padre saca una botella de champaña que tenía en el congelador y brindamos, dijo que no era la hora para tomar pero que hacía una excepción por este día tan especial para él y su hija. Las felicitaciones para el padre y las cargadas para el novio de su hija se hicieron presentes. Después de someterme ante tal humillación, Oscar, así se llamaba el padre de Mariana, decide prestarnos el auto para salir a pasear en este hermoso día de sol. Me da las llaves y me pide que lo cuide, agregando la palabra “pelotudo”, yo me río y me subo al auto. Es uno de esos nuevos con plásticos por todos lados y que dicen que son off road y ni siquiera pueden trepar el cordón de la vereda. Los padres de Mariana me ven retroceder y sonríen, su hermano mayor, con la mano derecha en el bolsillo y cara de canchero, alza la izquierda y me hace “fuck you”, yo le respondo igual. Haciendo marcha atrás, el auto, siento que se levanta, como si hubiese pisado algo. Me detengo. Un grito desgarrador, como el de aquella Navidad donde eliminé a mi sobrino, me hace cerrar los ojos y pensar lo peor. Me bajo del auto para ver qué sucede y veo unas pequeñas piernas que se asoman del otro lado, y por debajo, un charco de sangre recorre las baldosas hasta llegar a la calle. El hermanastro de Mariana, Santi, que más de una vez me había atendido en el kiosco, yace muerto debajo del auto de Oscar, que en este momento, me tiene agarrado de mi remera sacudiendo e insultándome. El hermano mayor de Mariana, Adrián, se queda parado, inmóvil, ante este terrible suceso. La madre del niño no deja de abrazar a su hijo con la cabeza reventada y cubierta de sangre. A mí no me sale otra cosa más que sonreír, eso lo empeora todo. Mi novia me pega una cachetada, llorando, y me pregunta que es lo que me causa gracia. “Es la segunda vez que me pasa lo mismo y no tengo una cámara para filmarlo, deberías verlo con mis ojos, es lo más gracioso que vi en mi vida…” Solté una carcajada.

Estoy trabajando en mi casa, salgo a la calle solo para comprar suministros y hacer los trámites. Hace mucho que no veo a Mariana, la extraño muchísimo. A Elisa también, después de haber estrellado su cabeza en el ascensor, no me escribió nunca más. Analía cada tanto me escribe para ver como estoy, cada vez con menos frecuencia, no parece interesada en venir a verme. Descubrí que puedo hacer plata sentado en mi computadora, dirijo una página web donde se publican videos y fotografías de accidentes de todo tipo, tiene mucho éxito internacionalmente. Se llama “fejetlen.com”, que significa “sin cabeza” en húngaro. La gente envía cosas muy comprometedoras, y lo hacen anónimamente, pero no puedo subirlas, corro el riesgo que me cierren el sitio, o peor aún, ir preso. Por ahí veo videos que me hacen acordar a mis noches en la calle y me deprimen. Las fotos que no puedo publicar las cuelgo en la pared, porque me gustan, pero ninguna se compara con la que tengo ampliada y encuadrada por encima del monitor donde paso la mayor parte del día, la que me inspira para hacer todo esto. El taxista acostado en el suelo, desnudo, con un balazo en el corazón y los brazos abiertos como Cristo. Y con las cabezas apoyadas en los brazos del gordo, las dos chicas acostadas en posición fetal, desnudas también, cubiertas de sangre, yacen ahí, en mi fotografía. Ese rollo que decidí guardar como recuerdo de mi otra vida, la mejor que tuve.

FIN

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