martes, 15 de marzo de 2011

La culpa es del niño. Parte V. Por Nicotina

Caminar. Caminar por reflejo es algo que ya dejé de hacer, si bien, ya no cuento mis pasos, ni me concentro en ese monótono proceso de poner un pie delante del otro, si me fijo en lo que me rodea, me concentro en lo que sucede ahí afuera. Mi camino no miente, ya no finjo el trayecto sistematizado que acostumbraba a seguir, lo renuevo cada día. Camino, invento historias, señalo a personas, las identifico, las discrimino en grupos de colores. Como la plaza monocromática, la que se encuentra frente a una iglesia cerca de la casa de un compañero de trabajo. Blanco y negro durante el día, blanco y negro en la noche. Casamientos y funerales, novias y viudas. Hoy domingo me invitó mi amigo a ver el partido de River Plate, asistí para no quedar mal. Perdieron, no fue un buen encuentro, el equipo con el que jugaron de local les dio una buena paliza. Al terminar el partido comemos algo y analizamos el juego mientras hacemos zapping hasta encontrar una buena película. El fernet comienza a desfilar sobre la mesa y a circular por nuestra sangre. Es muy tarde ya, ambos tenemos que trabajar y la película donde nos detuvimos la vimos más de 10 veces. Así que me despido y emprendo mi caminata hasta mi casa, paso por la plaza y un grupo de jóvenes encapuchados de atuendo oscuro perfuman el viento con el agradable aroma de la marihuana, no dejan de reírse entre anécdotas que se sueltan y empujan las agujas del reloj. El tren de carga que pasa a esa hora se hace oír y me indica que estoy cerca del ferrocarril. Al llegar las barreras están bajas y el tren asoma su cara en las vías. Enciendo un cigarrillo y me acerco lo más que puedo a la gigantesca locomotora. Una señora se mantiene lo más alejada posible esperando hasta que desaparezca la estela de viento que deja la cola de la maquina. A mí me gusta sentir el temblor bien de cerca. Estoy algo mareado y desinhibido por la bebida, así que me arrodillo a un costado de los rieles y acerco mi cabeza a las ruedas, se siente maravilloso, como un motor asesino y escandaloso. El silencio se roba el incesante traqueteo del tren y la señora a un costado da el primer paso para cruzar las vías, yo me levanto y hago lo mismo. La señora pasa a mi lado y me observa sorprendida, asustada, como en presencia de algo paranormal. “BU!” - La asusto y me rio. La señora se tropieza y casi se cae, me insulta y deja de creer en fantasmas.

Al ingresar a mi edificio, me inquieta la paz que hay ahí dentro, ningún sonido que me distraiga de las sirenas en la calle. Está todo oscuro y espero que el sensor de movimiento que activa las luces, detecte mi alma y me muestre el camino al ascensor. Eso no sucede, lo que me indica que sin luz los elevadores no andan, enciendo las luces de emergencia que se encuentran en el techo y le doy un par de patadas a la puerta del elevador. Subo las escaleras en un instante, pues eso es lo que me parece. Al llegar a mi piso me olvido del desperfecto eléctrico y acerco mi mano hacia el sensor para prender las luces y como se supone, no funciona. Entro a mi departamento después de renegar por un rato con las llaves y abro las cortinas para que entre un poco de la prematura luz del sol. Me dirijo hacia la cocina y agarro un cuchillo Tramontina, y aprovechando que no hay corriente, corto los cables del detector para llevarme un souvenir, un recuerdo. Lo dejo sobre la mesa, cepillo mis dientes y me acuesto.

Día lunes, el peor de todos. Es la pata del hámster que se monta a la rueda para girar sin cesar hasta el día viernes. Luego de desayunar e ir al baño, me encuentro en el pasillo del piso donde vivo, espero el ascensor para irme a trabajar. Mi vecina, como de costumbre, sube conmigo. Me comenta sobre la desaparición del dispositivo negro que nos da luz, yo muestro interés en el asunto y me hago el enojado con el mantenimiento del edificio. Al llegar abajo me doy cuenta que no llevaba conmigo mi billetera, otra vecina de mi piso sube conmigo y haciéndome el desconocido pregunto a que piso se dirige. Contesta de manera cortante y grosera. Se muestra inquieta y no deja de morderse el labio inferior, me pregunto por dentro que es lo que le sucede. Dejo salir a ella como buen caballero y la observo alejarse, perdiéndose cuando llega a su puerta donde vive y la cierra con fuerza, como muy molesta por algo. Comienzo a desconfiar de su comportamiento. ¿Por qué lo hizo? ¿Sabrá algo de mi acto de vandalismo? ¿Me habrá visto? Es algo que no lo voy a saber, pero sin duda me va a mantener mi cabeza ocupada por el resto del día.

Recibo un mensaje al celular, un número desconocido, que dice: “Estas yegando tard lindo… Dond estas?” No lo respondo y me apuro para tomarme el colectivo. Al llegar, veo la parada vacia, ya había pasado mi coche. Miro el reloj y con la misma mano le hago señas a un taxi que justo dejaba a un pasajero. Odio a los taxistas, siempre se aprovechan y te cobran carísimo, si es que tenés suerte y no te roban con algún tipo de truco. Llego al trabajo. No me preocupan mis jefes, me preocupa más quien me envió el mensaje, aunque por dentro sabía quién era. Analía me ve llegar y sonríe. “¿Te llegó mi mensaje?” Me pregunta. Respondo que sí y le agradezco por preocuparse. “No es nada, la próxima ponete las pilas, no sea cosa que tenga que salir a buscarte boludo…” Se ríe. No digo nada y sonrío. No si voy a buscarte yo primero… Pienso.

Vuelvo del trabajo y mi cabeza, a pesar del contaminante ruido de las calles y el caminar agitado de las personas que ansían con llegar a sus hogares, se encuentra en paz. Llego al séptimo piso, el mío y escucho el ruido de la televisión que sale de un departamento muy fuerte, como si su puerta se encontrara abierta. Me acerco despacio y me encuentro frente a la entrada, la veo a la mina que subió conmigo a la mañana, entrar a la cocina. Paso y cierro la puerta. Su novio que se encontraba frente al televisor de espaldas a la puerta, no me escucha. Me acerco por detrás y paso mi cuchillo levemente por debajo de su mentón, gracias al aparato hipnotizador de 32 pulgadas, el no lo nota. Al hacer zapping la pantalla se oscurece y muestra a alguien más en su reflejo, le corto el cuello antes que llegue a abrir la boca del susto. Limpio el cuchillo con su camisa y me dirijo a la cocina. La veo a ella de espaldas y me acerco con cuidado. Se agacha para introducir una bandeja dentro del horno y yo la empujo con mi verga mientras que la mano que no sostiene el cuchillo, acaricia su cintura hasta tomarla de la panza. Ella se levanta y lleva su mano derecha hacia mi nuca, tira la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y la beso en el cuello. La mano que antes acariciaba su panza ahora la sostiene del pelo y la empuja con fuerza hasta estrellar su cara en la parrilla de la cocina. Estoy en su habitación, ella está acostada boca arriba, desnuda y con un trapo que le impide hablar, o gritar. Me masturbo con esa imagen hasta lograr una erección y me meto en ella despacio, conservando el mismo ritmo con el que entré a su departamento. Luego de unos minutos ella abre los ojos y se encuentra con su vecino sudando de placer. Llevo el filo del cuchillo a la punta de su nariz y le digo: “No quiero sonar grosero pero, por como actuaste hoy en el ascensor, pensé que hacía mucho que no garchabas…” Mi cuchillo se mete tantas veces en su corazón y en su estomago, como lo hice yo cuando me la cogía. El trapo blanco que la enmudecía, se tiñe de rojo…

No logro acabar, me encuentro cansado. Salgo de ella y me meto en el baño a darme una ducha. Me visto, agarro un par de discos que había sobre la mesa y me voy a mi casa. Pongo uno de los CD que robé, uno de Joaquín Sabina, y me acuesto.

La semana se hizo larga, los policías estuvieron todos los días visitando los departamentos, interrogándonos y revisando cada rincón de nuestras viviendas, el viernes llegó tan cansado como yo. Le escribo a Analía que se había mostrado preocupada por lo ocurrido ese trágico lunes. La noticia estuvo en boca de todo el país, popularidad que seguro envidiaba mi segunda víctima desde allá arriba. Accede a mi invitación y la espero con una buena comida. Ella llegó con un vino y un alfajor de chocolate. Se la pasó toda la semana regalándome dulces porque decía que yo no lo era. Al terminar de comer, saco una botella de ginebra y una coca, preparo dos vasos y nos sentamos en el sillón a ver televisión. Ella me preguntaba cómo me sentía con lo que le sucedió a mis vecinos. Fingí miedo y aproveché para mostrarle mi medida de seguridad, una 9mm que había conseguido a buen precio donde compro la merca. Se asustó un poco al verla pero al rato se relajó y tomo el arma con confianza. La dejó sobre la mesa y me dio un beso, yo le di otro mientras la tomaba de una teta. Agarra la pistola y me apunta al pecho. “Quiero que te desnudes y bailes…” Me dijo riéndose, ya estaba un poco en pedo. Le dije que no juegue con eso, que es peligroso, pero igual me gustó y le hice caso, solo que no bailé. Tomo lo que queda de mi vaso, ella también, hace fondo blanco. Le quito la ropa y lo hacemos a punta de pistola, amenazándonos con quitarnos la vida si no hacemos lo que cada uno pide, hasta que me toca a mí y la obligo a que me la chupe. Una vez que la tengo ahí abajo le doy un golpe en la cabeza con el mango y se desvanece. La llevo a mi habitación y la ato a la cama con cinta adhesiva, la misma que uso para taparle la boca. Pongo música y me voy.

Hoy no estoy de humor para matar alguien, tal vez mañana. Decido salir a caminar, llevo conmigo una cámara de fotos que era de mi viejo, una Canon F1 del 71, maquinón! Y a Mathilda, mí 9mm. Paseo por las calles, saco fotos a los indigentes que duermen en plazas y puertas de edificio. Llego a una esquina de la avenida Chacabuco, me paro en el medio de la calle para fotografiar a los autos que esperan que el semáforo se ponga en verde, me putean y me tiran el auto encima. Tomo fotografías a cualquiera que pasa y me arrojan con botellas y cosas que encuentran en el piso, la mayoría me erra. No me importa que me agredan, me abro paso entre ellos y sigo mi camino buscando a alguien con más huevos, alguien que me quite el aburrimiento. Me acerco despacio por detrás de un taxi que se encuentra estacionado en un lugar muy oscuro, sospechoso. Muy lentamente y agachado me acerco por el costado del conductor, veo por el espejo que el taxista está muy concentrado con algo, por lo que no me ve acercarme. Me asomo rápidamente por la ventana y le grito.

¿Una fotito para la revista Playboy?

¡Que haces pendejo y la concha de tu madre!

Daaaale, si te gusta gordo puto…

El tipo tenía restos de merca en la nariz y en su campera Adidas azul oscuro, probablemente tiró todo del susto. Abre la puerta pero se la pateo antes que ponga un pie en la calle y se golpea la cabeza con el marco. Me alejo unos metros para que pueda salir y cuelgo la cámara en el hombro, como una riñonera. El taxista busca algo debajo del asiento. Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo, mis ojos se abren como el diafragma de mi Canon, pienso en sacar a Mathilda, pero quiero ver primero que hace el, dudo mucho que tenga un arma de fuego, aunque, ¿por qué no? Seguramente esa duda me costaría la vida, pero me arriesgo, no quiero ser yo el cobarde. Saca una macana, una macana como la de los policías, pero de madera, como la que se utiliza comúnmente para medir la presión de las gomas en colectivos y camiones. El gordo hace un par de pasos y tira su primer golpe, lo esquivo. Tira el segundo e intento quitarle el palo, mi mano se resbala. El tercero me agarró distraído tratando de sujetarlo del cuello y golpea en mi cabeza. Hago unos pasos hacia atrás casi sin equilibrio, el taxista se acerca otra vez con su palo, el golpe es directo a las costillas, caigo al piso. El tipo me putea a medida que me caga a patadas en el suelo, las patadas son en el culo y en la pierna derecha, ninguno a la cabeza por suerte, eso me ayuda a cobrar el conocimiento rápido. Me levanto y me alejo en menos de un segundo, me fijo si le pasó algo a la cámara, solo unos raspones, es de fierro! El conductor del auto me sigue puteando y amenaza con matarme si no me “tomo el palo”. Me acerco pidiéndole disculpas, el me grita que me vaya mientras señala hacia arriba con su macana de madera. Cuando vuelve a insultar y levanta nuevamente su brazo, aprovecho para volver a atacar, doy unos pasos largos y le pego una patada en el pecho, el palo sale despedido y cae en la vereda. Lo tengo en el suelo. Comienzo a pegarle en la cara con mi puño cerrado, duro como una roca, al cabo de unos segundos el taxista queda noqueado. Me levanto y recojo el palo, le doy con toda mi fuerza en la frente solo para asegurarme que no se despierte más, o por lo menos por un rato largo. Abro el baúl del 504, empiezo a tirar a la calle las cosas que hay dentro para poder meter el cuerpo, solo dejo un bidón amarillo que estaba vacío. Me cuesta mucho levantarlo al gordo, pero más me cuesta encontrar la forma que el cuerpo entre y que pueda cerrar la tapa. Al fin lo logro y me subo a bordo del Peugeot. Tenía esas pelotitas para masajes en el asiento de conductor, los tapizados forrados con nylon cristal y muchos rosarios de diferentes colores colgando del espejo.

No hay rumbo, no hay un destino fijo, solo me paseo por las calles que conozco y que siempre quise recorrerlas en auto. Voy el centro, luego agarro la Avenida Yrigoyen hasta llegar a la plaza España. La gente me saluda, por lo menos eso parece. Me acuerdo que estoy manejando un taxi y probablemente quieren que los lleve, que pelotudo. Pienso en lo que puedo hacer desde aquí arriba y me río. ¡Puedo elegir a quién yo quiera y llevarlo donde sea! Que es más o menos lo que hace un taxista, pero bueno, no las voy a llevar adonde me pidan. Veo un par de minas muy en pedo, riéndose a carcajadas, por suerte levantan la mano. Me acerco haciendo una maniobra inesperada para los que venían atrás y me cagan puteando. Los bocinazos les quitó la risa a las hermosuras que luego se subieron en el asiento de atrás y ahora me piden que las lleve al barrio Cofico. Antes de cruzar el puente paso por una estación de servicio y le aviso a las chicas que debía cargar combustible y que el viaje les iba a salir la mitad si me esperaban. Sin que nadie me vea abro el baúl para sacar el bidón amarillo y le pido al playero que lo llene porque a un compañero se le quedo el móvil camino adonde yo iba. Uno en esas situaciones le da explicaciones a todo el mundo por todo lo que hacemos, o no hacemos.

Una vez del otro lado del rio, reconozco las calles que circulo, es ahí cuando me acuerdo de un lugar que había visto en una de mis jornadas laborales y que me había llamado mucho la atención. Se trata de un galpón abandonado que cuando lo vi por primera vez pensé lo bueno que sería filmar un tiroteo allí. Les miento a las chicas con la excusa que debo tomar otro camino por un accidente que hubo y un poste está cortando el transito, así que me desvío a la derecha. Reconozco donde estoy, sonrío por eso. Las observo por el retrovisor y las veo muy atentas al camino, preocupadas tal vez, nunca saben qué clase de loco les toca como taxista. Las estoy midiendo, necesito saber cómo están ubicadas por si algo pasa. Vuelvo a girar a la derecha para encontrarme con el galpón, estoy en dirección opuesta a la casa de las chicas. La que tengo más lejos, se da cuenta y me llama la atención. Sin perder de vista el camino le pego con el dorso de mi puño derecho a la que tenía bien a mis espaldas, con la misma mano agarro de los pelos a la otra y la traigo adelante, golpeó su cabeza contra el estéreo, una y otra vez.

Estoy caminando por la avenida que desemboca en un puente, del otro lado del rio todavía me queda mucho camino hasta llegar a mi casa, donde tal vez, si no pudo zafarse, me espera Analía en mi cama. Detrás de mí, a un par de cuadras, en un galpón abandonado, un 504 arde en llamas con dos bellezas ebrias y un gordo armado. Si, dejé a Mathilda ahí atrás, como también dejé parte de mí. Me doy cuenta que no quiero seguir más con esto cuando veo que disfruto caminar de nuevo bajo el sol. Soy una persona nueva, de nuevo. Un grupo de niños cierran la vereda por donde yo voy, tienen ropa deportiva y no dejan de cantar canciones de hinchada, sus voces agudas y sus cortes taza ya no me producen rechazo, al pasar junto a ellos, acaricio la cabeza de uno, ya sin miedo a que explote. “¡Qué tocas, puto!” Me grita y sigue cantando junto con los otros niños. Un rayo de sol se refleja en mi sonrisa y encandila a un conductor, haciendo que choque con el que venía adelante. Los gritos, los bocinazos, todos los ruidos de la ciudad se apagan. Volví a ser feliz, ya casi me había olvidado cómo era.

Estoy en mi habitación, parado frente a mi cama vacía, Analía pudo soltarse y se escapó, me imagino que debe haber estado muy asustada al despertarse y ver que un lunático con un arma la había atado con cinta.

En el trabajo la seguí viendo, cada vez que pasaba frente a su escritorio se burlaba de mi, de lo malo que era para atar a las personas. Le pedí disculpas por el golpe en su cabeza, le dije que fue sin querer al intentar correrla porque me estaba mordiendo la verga. Dejamos de juntarnos.

Un día junté coraje e invité a salir a la kiosquera cerca de casa, la que me proveía la cerveza, se llamaba Mariana. Cumplimos un año de novios. Nos juntamos a almorzar en casa de su padre que, casualmente, cumple 50 años de vida. Después de comer, el padre saca una botella de champaña que tenía en el congelador y brindamos, dijo que no era la hora para tomar pero que hacía una excepción por este día tan especial para él y su hija. Las felicitaciones para el padre y las cargadas para el novio de su hija se hicieron presentes. Después de someterme ante tal humillación, Oscar, así se llamaba el padre de Mariana, decide prestarnos el auto para salir a pasear en este hermoso día de sol. Me da las llaves y me pide que lo cuide, agregando la palabra “pelotudo”, yo me río y me subo al auto. Es uno de esos nuevos con plásticos por todos lados y que dicen que son off road y ni siquiera pueden trepar el cordón de la vereda. Los padres de Mariana me ven retroceder y sonríen, su hermano mayor, con la mano derecha en el bolsillo y cara de canchero, alza la izquierda y me hace “fuck you”, yo le respondo igual. Haciendo marcha atrás, el auto, siento que se levanta, como si hubiese pisado algo. Me detengo. Un grito desgarrador, como el de aquella Navidad donde eliminé a mi sobrino, me hace cerrar los ojos y pensar lo peor. Me bajo del auto para ver qué sucede y veo unas pequeñas piernas que se asoman del otro lado, y por debajo, un charco de sangre recorre las baldosas hasta llegar a la calle. El hermanastro de Mariana, Santi, que más de una vez me había atendido en el kiosco, yace muerto debajo del auto de Oscar, que en este momento, me tiene agarrado de mi remera sacudiendo e insultándome. El hermano mayor de Mariana, Adrián, se queda parado, inmóvil, ante este terrible suceso. La madre del niño no deja de abrazar a su hijo con la cabeza reventada y cubierta de sangre. A mí no me sale otra cosa más que sonreír, eso lo empeora todo. Mi novia me pega una cachetada, llorando, y me pregunta que es lo que me causa gracia. “Es la segunda vez que me pasa lo mismo y no tengo una cámara para filmarlo, deberías verlo con mis ojos, es lo más gracioso que vi en mi vida…” Solté una carcajada.

Estoy trabajando en mi casa, salgo a la calle solo para comprar suministros y hacer los trámites. Hace mucho que no veo a Mariana, la extraño muchísimo. A Elisa también, después de haber estrellado su cabeza en el ascensor, no me escribió nunca más. Analía cada tanto me escribe para ver como estoy, cada vez con menos frecuencia, no parece interesada en venir a verme. Descubrí que puedo hacer plata sentado en mi computadora, dirijo una página web donde se publican videos y fotografías de accidentes de todo tipo, tiene mucho éxito internacionalmente. Se llama “fejetlen.com”, que significa “sin cabeza” en húngaro. La gente envía cosas muy comprometedoras, y lo hacen anónimamente, pero no puedo subirlas, corro el riesgo que me cierren el sitio, o peor aún, ir preso. Por ahí veo videos que me hacen acordar a mis noches en la calle y me deprimen. Las fotos que no puedo publicar las cuelgo en la pared, porque me gustan, pero ninguna se compara con la que tengo ampliada y encuadrada por encima del monitor donde paso la mayor parte del día, la que me inspira para hacer todo esto. El taxista acostado en el suelo, desnudo, con un balazo en el corazón y los brazos abiertos como Cristo. Y con las cabezas apoyadas en los brazos del gordo, las dos chicas acostadas en posición fetal, desnudas también, cubiertas de sangre, yacen ahí, en mi fotografía. Ese rollo que decidí guardar como recuerdo de mi otra vida, la mejor que tuve.

FIN

martes, 1 de marzo de 2011

La culpa es del niño. Parte IV Por Netomancia

La imagen en el espejo es mía, pero tan solo es la forma en la que me ven los demás. Ni el reflejo ni los ojos ajenos pueden invadir mi mente, conocer mis pensamientos, aborrecer mis ideas. Deslizo el peine con cuidado, me tomo mi tiempo.
Luzco bien, recién afeitado. La camisa es sobria y combina con el pantalón. Zapatos elegantes aunque no costosos. Una última mirada. Observo la figura que tengo delante. Excelente. Hoy es el día y todo tiene que ser excelente.
Salgo con varios minutos de adelanto, para llegar a horario. Como los días anteriores, le tomo el tiempo a cada cuadra, los minutos que tardo en llegar al trabajo, los pasos que hay desde la puerta hasta la recepción que atiende Analía, los segundos que demoro en cruzar por delante de ella.
Asisto a la reunión de cada mañana, río a la par de todos, bebo un café casi tibio en un vaso plástico sin quejarme y recibo la hoja con las direcciones a visitar, para posibles ventas. Me retiro ya con la hoja guardada en la mochila. Paso por delante de Analía y le guiño el ojo. Se sorprende, lo noto. Sus ojos verdes brillan por un instante y de inmediato vuelven al monitor que tiene delante.
Hago mi recorrido. Llevo los auriculares puestos del mp3, pero no escucho música. La gente piensa que voy absorto en la música, pero no es así. Estudio los gestos, movimientos, actitudes. El género humano bajo mi lupa. Camino entre problemas ajenos, una masa que no se detiene, que deja pasar como si nada a una mente que desea matar a su lado. Comprendo, que ninguno puede ver. Y la ceguera colectiva, es mi mejor coartada.

Las primeras sombras se recuestan sobre el atardecer, lánguidamente. Pronto serán mi guarida. Y mientras eso sucede, disfruto del aire envuelto en ese tóxico elixir que emana la ciudad de sus poros de cemento y acero, esa mezcla penetrante de cigarrillo, gases, aceite, nafta y miseria humana.
Mis manos no tiemblan, mis ojos no se dilatan, mi piel no transpira. Excelente, todo debe ser excelente. El ruido de la ciudad convierte el paisaje en un terremoto cotidiano. Automóviles veloces, bocinas que chillan, gritos desaforados, músicas que se cruzan. Los sentidos todos quedan atrapados en esa vorágine moderna, lacerante.
Allí me recuesto, como uno más, pero sin serlo. Caminan a mi lado, sin preguntarse quién soy, qué hago allí, cuáles son mis sueños, mis deseos. Estoy dónde debo estar. En el lugar donde nadie hace preguntas. Es el sitio perfecto, es el siglo correcto. Cada uno sintiéndose especial sin saber que son la misma cosa. Una masa de individualidades que se mueven, respiran y sienten al unísono. Escondiéndome de uno, me escondo de todos. Matando a uno...
Jóvenes de paso apurado, de ropas provocativas. Bellezas sin dueño, más que el propio destino. La noche se llevó al día y me entregó la confianza. El corazón no late y está bien. Excelente, todo debe ser excelente. Ellas caminan despreocupadas, sintiéndose cerca de sus departamentos, cada vez más a salvo del exterior que según cuentan es peligroso. Pero ellas lo saben por la televisión, por relatos, pero nunca les ha pasado nada.
Miran a un lado y otro para cruzar la calle, pero no son los automóviles los que están armados. No dejan de observar el celular que llevan en la mano, para estar atentas a un nuevo mensaje, pero no será en un texto que arribará la amenaza.
¿Y cuál es la adecuada? ¿Gusta el señor en alguna en particular? No, es preferible la sorpresa, un menú fuera de la carta del día. Al menos hoy, que es el día. La iniciación.
La veo venir. No más de veinte años. Calzas azules, cortas. Remera ajustada. Ella sabe que muestra, ella sabe que provoca. Es más, quiere que sea así. Dice sin decirlo “esto es mío y no lo vas poder tener”. Aunque eso sería en un día común, no hoy. Porque hoy lo voy a tener.
Pasa a mi lado, casi como exhalación. La sigo, con cuidado. Me aproximo, muy seguro de mis movimientos. No lo espera, no lo ve venir. Mi brazo se adelanta a su cuerpo, rodea su cuello y la tira hacia atrás. ¡Se siente tan bien! ¡Es tan fácil! La arrastro hacia una cortada. Se agita contra mi cuerpo, su cadera me choca la entrepierna y me excita. Sus gemidos mueren en la palma de mi mano, que cubren su boca. La respiración entrecortada entibia el dorso de la mano.
La giro, dejo que vea mis ojos y yo penetro en los suyos. Ella se encuentra con una capa de hielo, yo me sumerjo en el mismo infierno. Solo hay terror. Lo sabe, sabe que va a morir. Sus tetas se apoyan en mi torso, lucha, se resiste, es como un pez atrapado por el anzuelo. Hay belleza aún en ese rostro, a pesar de las lágrimas, de la agitación. A pesar de la inminente presencia de la muerte, que tiñe cada ángulo de su inmaculada inocencia de un color pálido, casi ajeno a la razón, nunca más alejado de la realidad.
La empujo contra una pared, arremeto con mi mano libre, manoseo cada parte de su sexo, le hago temer por su dignidad además de su vida, me divierto, gozo, me siento vivo. Y entonces, cuando menos se lo espera, llevo la mano a mi cintura. No le doy tiempo a pensar si en busca de algo o de abrir la bragueta. Saco el cuchillo y no dudo, lo impulso al estómago, lo retiro, al hígado, lo retiro, al corazón y sigo, saboreando cada aroma, cada sonido en esa calle oscura, en esa vida que se evapora entre mis brazos.
Para medianoche estoy en casa, despierto bajo las estrellas, apoyado en la baranda del balcón, observando a los que aún transitan por las veredas. A pocas calles, dentro de unas cajas de cartón, descansan los restos del primer deseo hecho realidad. Me enciendo un cigarrillo e inevitablemente comienzo a reír.
Y mentalmente me corrijo: Segunda víctima, segunda...

En el espejo ya no veo a la misma persona que el día anterior. Esta es otra. Es más grande, más fuerte, más decidida. Sus ojos son como los de un águila, sus rasgos aparentan ser parte de la noche misma, incluso sus hombros parecen los de un gladiador. Y sin embargo, los ojos ajenos seguirán viendo a un joven, uno más entre los miles que ven a diario.
Le digo adiós al reflejo y salgo al trabajo. No me tomo el tiempo, no calculo los pasos, ni siquiera cuento las cuadras. Eso es parte del pasado. De una preparación exitosa. He dado el salto. He dejado atrás al niño. Ahora soy quién escoge donde explotará la bomba, ya no el destino.
Camino tranquilo, percibiendo la letanía de la ciudad. Llego a la empresa tarde, pero no me importa. Me detengo delante del escritorio de la recepción. Allí está Analía. Levanta los ojos, reparando en mi presencia. Quizá recuerde aún el gesto del día anterior, es probable que tenga curiosidad. Pero no sonríe, no comienza un diálogo, tan solo permanece del otro lado del mueble, observándome.
Muestro mi mejor sonrisa y alargando la mano, saco una hoja de su bloc de notas de hojas espiraladas. Le quito una birome que tiene en el bolsillo superior de la camisa y escribo en la hoja mi número de teléfono. Lo doblo y lo meto junto a la birome en el bolsillo que estaba guardada la misma, rozándole adrede en el movimiento su seno.
Por primera vez sonríe. Hago lo mismo y le vuelvo a guiñar el ojo. Todas quieren lo mismo, todas lo tendrán.
Di media vuelta y fui hasta la oficina para la reunión de vendedores. Esa mañana no reí junto a los demás. Esa mañana me sentía superior. La jornada anterior había sido excelente.

Continuará...

lunes, 28 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte III. Por Nicotina

Viajar en colectivos urbanos siempre me molestó, y la espera es algo que me resulta insoportable. Soy un fumador impaciente y esperar es más perjudicial que el propio cigarrillo. Cuando solo me queda esperar, puedo fumar uno cada cinco minutos y soy consciente de ello. Son muy pocas las veces que viajo sentado en estos coches, cuando subo siempre se encuentran llenos, pero esta vez no. Subí y me senté en la fila de un solo asiento, al final del colectivo, cosa que no tenga que pedir tantas veces permiso antes de bajarme cuando éste se haya llenado. En las próximas paradas suben estudiantes, laburantes, mujeres con niños y un policía, al cual le toca viajar parado y decide quedarse junto a mí, al final del pasillo, tal vez por la misma razón de no pedir permiso cuando le toque descender. Lo miro a los ojos y el tipo asienta con la cabeza a modo de saludo, yo no respondo, y lo miro con cara de cansado, tal vez ahora con un poco de asco. El frunce el ceño confundido, mal acostumbrado a que todo el mundo responda ante la amabilidad de una persona armada. Bajo la mirada y me detengo en su arma. Está un tanto deteriorada, como despintada, pero igual me llama la atención, jamás había visto una tan de cerca. Mi viejo tenía un revolver, pero pistolas no había visto nunca, solo en las películas. Es inevitable, mi imaginación ya tomó de rehén al chofer con el arma del policía y ordeno a todos a no moverse, el policía muere antes de que intentara hacer algo heroico y luego empiezo a arrojar a niños que lloran por la puerta. Un tipo se lanza encima de mí y disparo sin querer al chofer dejando al transporte sin control, cuando suena el timbre que avisa al conductor que se detenga y me recuerda que debo prestarle atención al recorrido. No quiero pasar de largo y tener que caminar, así que me asomo por la ventana y veo que faltan un par cuadras. Me levanto de mi lugar así me preparo para bajar y me encuentro al policía mirándome de frente, como desconfiado, mi mirada es tan fea como la suya, creo que ellos notan que personas los odian, serán los tatuajes o la barba, no sé. Lo corro empujando levemente su hombro con mi mano derecha sin decir nada, debo ahorrar “permisos” para cuando fuese necesario. Toco el timbre. Bajo en una garita y unos pibes me piden una moneda. Les doy un cospel y les digo: Tomen, vayan a dormir… - Escucho que putean y los ignoro.

Entro al edificio donde vivo y llamo al ascensor. Sube conmigo una vecina del piso de arriba con un perro en brazos, uno de esos caprichos peludos que parecen peluches y que son más insoportables que sus dueños. Me pierdo unos segundos en sus tetas, sonriendo, para que piense que miro al perro. Es ahí cuando me acuerdo de Elisa, es viernes y tengo muchas ganas de verla, de tocar un par de tetas, no mirarlas, chuparlas. Llego a mi piso, digo chau a ella y al perro, ella se ríe. Pienso que las personas en los ascensores son todas iguales. Son frías, inanimadas, soñadoras, dejan su cuerpo en reposo para escuchar el sonido del elevador al pasar por cada piso. Luego en la noche, al escuchar el monótono ruido de las camas golpeando contra la pared, todo cambia, me imagino a esas personas en situaciones salvajes, mutando su cuerpo en monstruosas criaturas que se absorben entre ellos el amor y el odio, como una riña de vampiros repugnantes.

Estoy cocinando y me llega un mensaje de texto al celular. Es Elisa, que me escribe antes que yo lo hiciera. Quiere salir conmigo esta noche. Yo no tengo muchas ganas de ver gente, pero le digo que sí de todos modos, no quiero que se moleste conmigo y pierda mi única oportunidad de tener sexo. Termino de comer y bajo a comprar unas cervezas. Estoy tomando mucho, eso lo sé, pero me gusta demasiado. No me considero alcohólico, pero los locos tampoco se consideran locos. Además estoy caliente con la mina del kiosco, no se su nombre, a pesar de que voy todos los días a comprar. Es una morocha con cara de niña inocente, pero estoy seguro que no es ni una cosa, ni la otra. Su cuerpo atlético y su tono de voz me indican todo lo contrario. Usa unas calzas que le marcan el culo y unas musculosas que le realzan las tetas, es increíblemente linda. Vuelvo a mi casa y me siento a ver televisión, esperando la hora que propuso Elisa para encontrarnos. Estoy viendo uno de esos programas de peleas callejeras, otro show más de la TV Fuhrer donde siempre muestran a los mismos tipos ebrios fuera de una bailanta, maldiciendo a todo el mundo, pero dirigiéndose muy respetuosamente hacia la cámara, como si le debieran algo. Dejo de prestarle atención a lo que pasa y comienzo a rebobinar, y me acuerdo del culo de la kiosquera, de los pechos de mi vecina, de los pibes que me pidieron una moneda, del policía en el colectivo, y de las casas que visité hoy probando suerte con los Planes. Estoy viendo mi vida en la televisión, mi propio canal donde veo todo lo que mis ojos grabaron durante el día. ¡Un comercial a todo volumen! De esos que uno tiene que mandar mensajes de texto para saber si tiene fiebre, me despierta y miro el reloj, era la hora de irme.

Estoy caminando con Elisa por una avenida muy transitada de Córdoba, los dos estamos muy borrachos e intimidamos con puteadas a los que cruzamos y nos reímos. Había estado toda la noche bebiendo para evadir la realidad de que estaba rodeado de pelotudos, deseando que llegue la hora de acostarme con ella. Llegamos a su casa. Dejo que camine delante de mí para verle el culo, su manera de caminar me excita muchísimo, lo mueve como si supiera lo que está haciendo. En el ascensor nos besamos un rato. Meto mi mano debajo de su pantalón. Detengo el ascensor antes de llegar a su piso. La doy vuelta y golpeo su cabeza contra el espejo, rompiéndolo. Con mi mano izquierda agarro su pelo y con la derecha desabrocho su pantalón. Me meto en ella y la empujo una y otra vez, haciendo que la cabina donde estamos se sacuda bruscamente. A pesar del golpe que sufrió parece disfrutarlo, sus ojos se cierran y ya no vuelve a abrirlos. Acabo muy rápido, mi corazón late muy fuerte y me escucho agitado. Cuando la suelto ella cae al suelo, como desmayada, veo que tiene un corte en la frente y me doy cuenta de lo que hice, me causa gracia en ese momento pero igual me preocupo, quiero mucho a Elisa. Le doy un par de cachetadas y grito su nombre a medida que le pego, no responde. La levanto e intento salir de ahí, el ascensor estaba detenido a dos pisos del suyo. Subimos. Entre tropiezos y caídas, llegamos a su puerta. Busco las llaves dentro de su bolso y entramos, el olor a cigarrillo es insoportable. La acuesto en su cama, limpio la sangre de su cara con servilletas de papel y un poco de agua, y me acuesto a su lado. No puedo dormirme, lo que le hice a Elisa no me deja pegar un ojo, estoy sorprendido de lo que soy capaz. Cada tanto levanto mi cabeza para ver como está y vuelvo a descansar. Voy hasta la cocina en busca de un cigarrillo. Enciendo uno y salgo al balcón. La escucho a ella levantarse y entrando al baño. El ruido del vomito chocando en el agua del inodoro me tranquiliza. Me siento mucho mejor, seguro que ella también.

Observo hacia la calle, veo pasar a unos pibes re chupados gritando y buscando pelear con cualquiera para descargar la bronca que tienen de saber que les toca masturbarse esta noche; más allá veo a un taxista aferrado a la bocina e insultando a otro auto que, haciendo una maniobra brusca, se detiene donde hay un grupo de minas esperando el colectivo; un portero de un edificio despierta a patadas a un vagabundo que se quedó dormido a un costado de la entrada; una señora sacude el mantel por la ventana dejando caer un cuchillo que rebota en la vereda y termina en la calle, la señora se da cuenta de eso y se esconde cerrando las cortinas. Yo arrojo un cigarrillo y es embolsado por el aire, haciendo que se meta en uno de los pisos de abajo donde había otro tipo fumando también, mira para arriba y se encuentra con mi dedo haciendo “FUCK YOU”, me despido con un gallo y entro. A veces el corazón nos dice que hagamos ese tipo de cosas, y sabemos que es él por la poesía que las rodea. Me voy a dormir pensando en mí, jamás me había dedicado tanto tiempo en mi cabeza. Por primera vez me siento bien conmigo mismo, y sé que estoy preparado para más. El miedo y la inseguridad, son palabras que se borraron con el alcohol y mi mala suerte. Por suerte, ahora me siento más vivo que nunca…

Continuará...

domingo, 27 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte II Por Netomancia

La noche me encuentra despierto. No es la culpa lo que me persigue, me río de pensar que podría sentir algo parecido. Es aquella imagen, única y reveladora, de aquel estallido. De escudriñar en cada detalle, la morbosidad de la muerte. Sentir como la vida se desarmaba en fragmentos, allí mismo, delante de todos.
Y como si fuera una atracción, la luna me llama al balcón del departamento, ubicado muy cerca de la terminal. A pesar de ser tarde, muchos jóvenes transitan las calles. La mayoría en grupos, pero de vez en cuando veo a jovencitas caminando con paso apurado, quizá temiendo que alguien las tome por sorpresa y las asalte o peor aún, las viole.
Calculo en mi mente cuánto esfuerzo demandaría situarse en una esquina oscura, aguardar en la paciente penumbra y salir de la nada, tomar a la presa por el cuello y envolverla con su propio miedo, arrastrarla a la oscuridad y sumirla al olvido.
Aquello es una melodía en mi mente, la vibración de una cuerda. Pienso en esa posibilidad y un ardor me afecta el cuerpo, incluso, aunque parezca mentira, me dan deseos de llamar a Elisa a las tres de la madrugada, la chica con la que tengo sexo los fines de semana, para avisarle que salgo para su departamento, porque no aguanto más.
La idea de esconderme en la noche, de transformarme en parte de la misma, me hace sentir vivo. Aquella bomba volándole los sesos al hijo de mi hermano, los gritos de la gente diciéndome ¡hijo de puta, que mierda hiciste! me causa gracia, me tiento y comienzo a reír, a carcajadas. Estoy llorando, pero por la risa. Si hubiesen vistos sus rostros...

Esta tarde me ofrecieron un trabajo, no hay mucho dinero, pero es algo. Lo que mandan los viejos alcanza justo para los gastos y no piensan enviarme más. Pero necesito guita, mi propia guita.
El laburo es para vender planes de ahorro, caminando la ciudad. No me gusta, el hecho de hablar con la gente me provoca náuseas. Pero tiene sus ventajas, como conocer cada calle, sus recovecos, los lugares más apropiados para esconderse. Un trabajo que podría servirme de pantalla para mis cometidos.
Y de paso, proveerme de dinero. Pilcha nueva, algún que otro cuchillo como la gente y por supuesto, un fierro. Desde hace unos días que lo tengo en la cabeza. Algo potente, que se lleve bien en la mano, preferiblemente automática.
Además está Analía, la chica que atiende el escritorio de entrada de la empresa. Ojos verdes, cabello lacio y color azabache, piel bronceada. Me mira con cierto temor, quizá porque no le quito la vista de encima cuando estoy allí. No hemos hablado, apenas el saludo cuando llego. Pero me gusta, vaya que me gusta. A veces me dan ganas de preguntarle “¿te doy miedo putita de mierda?“. Pero no quiero espantarla. No por el momento. Tengo otros planes.

Apenas si duermo. El sueño llega casi al amanecer y a media mañana debo estar en el trabajo. Cuando la luna aparece, mi mente vuela, los planes llegan como dictados por otras mentes. El corazón me palpita excitado. Pienso en Elisa, en poder amarrarla a la cama; en Analía, en cómo se verían esos ojos a la luz de las estrellas, en un descampado, mientras una de mis manos se mete debajo de su ropa y la otra tapa su boca; creo que se verían aterrados, desesperados.
Pero ante todo, la imagen más fuerte que me atraviesa mientras admiro la noche, es la de aquella cabeza estallando. Una desgracia con suerte. Al menos, para mí. Gracias al niño, encontré el camino correcto.

Continuará...

sábado, 26 de febrero de 2011

La culpa es del niño. Parte I Por Nicotina

Hace media hora que terminamos de comer y yo ya voy por el cuarto vaso de Fernet, si sigo así es muy probable que mi navidad termine en desastre, o mucho peor, terminar siendo el hazmerreir de la fiesta. Me levanto a preparar el quinto y veo que ya son casi las doce, salgo corriendo antes de que mi carroza se convierta en calabaza, bah, en realidad voy a buscar la pirotecnia, estoy muy lejos de ser una Cenicienta… Vuelvo y están todos con las botellas de champagne en la mano, algunos ya descorcharon, otros pelotudos les gusta escuchar el sonido del corcho junto con los estruendos. Tengo todo listo, cuatro cañas voladoras de $ 50 pesos cada una, diez bombas de estruendo de 3 pulgadas y un surtido de pirotecnia para niños, si, para niños, existen juguetes que no son aptos para menores de 5 años, pero tranquilamente a esa edad pueden manipular el fuego. Coloco las cuatro cañas una al lado de la otra y lo dejo a mi viejo que las encienda, yo me encargo de lo más importante. ¡Doce en punto! Bueno, algunos tenían doce menos dos minutos, para otros ya era casi la una, pero siempre hay un idiota que tiene el reloj a horario según el noticiero, y eso ya es suficiente para que todos los giles digan: “¡El reloj de Cacho es el que está en horario!” Ni siquiera eso pueden hacer sin el consentimiento de la televisión. Además depende del que mira cada uno, porque si miras “TN” son las 12:00 hs, si miras “Crónica” son las 12:03 hs y si miras “C5N” estás mal de la cabeza… Sale volando la primera caña voladora, cinco segundos luego se escucha un coro de idiotas: “Aaaaaaaaaaaahhhhhh… Qué hermoso.” ¡Todavía no vieron nada! Enciendo la primera bomba, despega y explota a 15 metros del suelo, el estruendo es increíble, la gente se empieza alejar… La segunda bomba asusta un poco a los que quedaban, explotó a la mitad de altura que la anterior. Enciendo la tercera y se queda atascada en el mortero. ¡La puta madre! Muy pocos son los que nos damos cuenta, mi hermano no era uno de ellos y no vio que su hijo, mi sobrino, de casi 2 años de edad se alejó de él en dirección al mortero… Ya era tarde… ¡La bomba explota a la altura de su pequeña cabeza! ¡Los gritos desgarrados de todos y el precoz llanto de mi madre, apagaron todos los sonidos de festividad! Todo el mundo temblaba y no sabían qué hacer ante tal desagradable acontecimiento. Había matado al único nieto de la familia. Estaba condenado a una vida de mierda, lo supe al instante…

Es extraño como la vida de alguien puede cambiar tan drásticamente… En un cerrar y abrir de ojos, uno puede quedar en la calle desamparado, sin consuelo o perder la cabeza con una bomba de estruendo…

Siete meses después, estoy viviendo en la ciudad de Córdoba, bancado por mis viejos, no me costó demasiado pedirle que me dejen venir acá, se les hacía muy difícil convivir con un asesino, yo creo… Traje mi guitarra, un televisor, la computadora y una caja con mis libros. Estoy pensando en alguna carrera universitaria. Antes de mi trágico acontecimiento estaba estudiando en el profesorado de música, me di cuenta que iba a relacionarme con muchos pibes, y es algo que no podría soportar, uno nunca sabe en qué momento le puede explotar la cabeza a alguno… Mientras tanto me busco un trabajo. Debido a mi perfil psicológico, no me toman en los lugares que se trabaja con niños, igual sigo insistiendo, necesito la plata, no voy a quedar en la calle por culpa de una manada de pendejos…

To be continued...

jueves, 18 de noviembre de 2010

Estrella Fugaz


Guillermo se convirtió de la noche a la mañana en el actor más solicitado del país, no tardó demasiado en ocupar papeles secundarios en Hollywood, destacándose entre los protagonistas por su gran capacidad, su talento fue reconocido en más de una ocasión y en poco tiempo se hizo acreedor de premios muy importantes. Así como llegó la fama, llegaron los escándalos. Bebidas, drogas y mujeres fértiles, fueron su karma gracias a los periodistas. Perdió papeles importantes gracias a los críticos que se dedicaron a perjudicar su carrera con historias exageradas de su vida diaria. Su odio público hacia la industria contribuyó para fundamentar a los que realizaban los contratos y se vio obligado a elaborar personajes intrascendentes.

Un viernes por la noche, luego de un par de vasos de whisky, Bill, así es como lo llamaban sus amigos, se presentó en un programa de televisión que transmitía un canal cultural, se llamaba “Estrella fugaz”, y citaban a grandes artistas que arañaron el “sueño americano” y los dejaban hablar acerca de su carrera, colocando al actor en una posición sumisa a las preguntas intimidantes de los conductores, convirtiendo al programa en una especie de confesionario. El show se había convertido en un éxito debido a los escándalos que desataron algunas estrellas de rock años anteriores, para Guillermo Grossi era su oportunidad para callar el ruido que había en el ambiente. Llegó tarde, debido a un problema con el taxi, pidió disculpas y comenzó la transmisión. Luego de una larga discusión con los conductores y panelistas, acerca de sus hijos no reconocidos en ciertas localidades que jamás había visitado, Guillermo aprovechó para hablar de su nueva película que estaba rodando en Francia con un joven y escandaloso director llamado Gaspar LaPadite, que había llamado la atención con un documental acerca de las relaciones amorosas de su último presidente. El show concluyó con segmentos donde contestaba preguntas de la audiencia y algún que otro juego idiota para dejar al invitado en ridículo, sumiso a cada palabra que predispuso el productor en el contrato.

Se dirigió a un bar con gente de su ambiente, personas con las que tal vez alguna vez compartió un plató. Bebieron algunas botellas de vino, y se largó del lugar, se había cansado de la gente que se acercaba para sacarse una foto con sus celulares, admiradores, personas que sabían reconocer una verdadera obra de arte. A pesar de todo, Guillermo tenía sus seguidores que lo catalogaban como uno de los actores de culto del momento, uno de los pocos que había en el mundo, y era cierto, sus interpretaciones eran sensacionales.

Llegó a su hotel, donde lo esperaba su novia, una mujer que como artista plástica, era muy buena diseñadora de moda. Tuvo una discusión con el recepcionista debido al estado en el que entró al hospedaje. Subió las escaleras acompañado de un maletero, tenía miedo de los ascensores, en realidad era claustrofóbico. Le dio 50 pesos al empleado y lo empujó con fuerza, el chico se alejó a las puteadas, no se entendió bien lo que dijo. Abrió la puerta y la encontró a Jimena con otro tipo, el cual disfrutaba de como ella le daba placer oral. El joven se vio asustado y la obligó a detenerse, ella miró de reojo adonde estaba Guillermo y sonrió. Los puños duros del cornudo temblaron por unos segundos y sus labios se apretaron con la misma intensidad, acompañados de un ceño fruncido que le indicaron al imprudente que estaba en serios problemas.

¿Por qué se detienen? Sigan en lo que estaban… - Dijo el actor.

Señor, le…

¡SEÑOR LAS PELOTAS! – Lo interrumpió…

Les ordeno que continúen con lo que venían haciendo…

El joven había comenzado a temblar del miedo que recorrió cada parte de su cuerpo, dejando escapar el sudor como una multitud que huye del peligro que la acecha. Su miembro continuó tieso gracias a las drogas. Bill se desnudó y la penetró por donde corresponde que las cosas salgan, ella gritó y continuó expresando palabras tan sucias como ella. Al rato, el joven se vio abstraído de todo y comenzó a gozar de tal situación, hasta que Guillermo lo durmió de una trompada en el momento que estaba teniendo un orgasmo, se dio cuenta que una persona en pleno clímax es tan vulnerable como una abeja perdiendo su aguijón. A ella eso la excitó y aturdió a todas las habitaciones con sus gritos. Guillermo abrió los ojos un segundo y los dirigió hacia a un costado, donde se encontraba su verdadera amante, una pistola de 9 mm negra, la sacó sin que ella se diera cuenta y la posó sobre su espalda, el frió de su arma automáticamente le borró la sonrisa a Jimena y le robó una lagrima que se mezcló con la transpiración, sabía lo que sucedía. Llevó el caño a la nuca de ella y unos segundos antes de acabar, disparó. Se alejó de ella y se dirigió hacia donde estaba el hombre noqueado, limpió el arma estirando los puños de la camisa hasta tapar sus manos y la puso entre los dedos del adormecido, alzó la mano ajena que tenía el arma y la llevó a su pecho, su corazón explotó bañando el rostro del sobreviviente con ese hermoso color rojo. Al rato, se rompió la puerta y entraron los uniformados con sus armas paralelas al suelo y sus gritos acobardados.

Hoy se cumplen quince años de mi condena por el asesinato de Guillermo Grossi y Jimena Giovanni, “personajes fundamentales para el ambiente artístico”, así lo informaron los diarios, las mismas personas que sepultaron en reiteradas ocasiones al actor con sus farsas, al día siguiente se alimentaron de su muerte. Mañana me dejan libre, y el mismo miedo que me cubría esa noche en la habitación del hotel, hoy me vuelve a acechar en manos de miles de seguidores de este artista que piden mi cabeza, creyéndome culpable por la muerte de este ídolo que hoy es un héroe nacional.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

El ojo de la cerradura


A esta altura me resulta imposible salir de este pozo, me arrojan sogas para rescatarme y se cortan ni bien intento treparme, las siguen arrojando, pruebo una vez más y vuelvo a caer, resignado, me quedo tirado en el piso. Se oyen truenos a lo lejos, la gente que antes miraba hacia al fondo del agujero ahora mira hacia arriba, preocupada, en unos minutos la tormenta estará sobre todos nosotros, ellos se alejan, se dirigen a sus refugios, donde permanecerán a salvo, calentándose entre ellos en sus habitaciones. Un diluvio impresionante se desata sobre el bosque donde me encuentro, tiemblo de frío y cada tanto toso, el agua comienza a llenar mi fosa, una hora después me encuentro parado para poder respirar, las gotas de lluvia que impactan en el agua me salpican en el rostro, minutos más tarde me veo pataleando para poder alcanzar la superficie, estoy a punto de ahogarme y el final del hoyo se encuentra demasiado lejos todavía…

El agua no cesa, las paredes de mi pozo lucen como chocolate derritiéndose, al mirar hacia arriba las gotas de lluvia se ven como estrellas inquietas, como si yo viajara a la velocidad de la luz. Mi cabeza se asoma en la superficie del verde y brillante césped, alcanzo a tirar unos manotazos hacia el pero es inútil, me resbalo fácilmente, al final me aferro con fuerza al suelo, enterrando mis dedos en el, logro salir de ahí y me acuesto. No puedo mover mis brazos, mucho menos mis piernas, solo me concentro en respirar, cuando de pronto, siento un aliento caliente en mi cara seguido de una caricia húmeda, como el de una lengua, es un perro, negro con algunas manchas blancas en su cara, no sabría identificar la raza, solo noto que luce muy triste. Comienza a ladrar hacía los arboles, donde puedo divisar entre los troncos una luz fluorescente, que prende y apaga como si se tratara de un corto circuito. Me acerco hacia allá, la lluvia se detuvo, a los metros me doy cuenta que el fiel compañero que me guió hacia ahí no estaba conmigo, me doy vuelta y lo veo introducirse en el pozo, inmediatamente corro hacia a él. Al llegar allí me encuentro con el pozo sin agua, donde se puede ver en el fondo huesos de un ser humano, salvo el cráneo, el cráneo es de un animal, como el de un perro… Asustado me alejo de allí rápidamente…

Camino rápido, no corro, es de noche y las nubes todavía no dejan ver la luna. Me tropiezo con un tronco y caigo sobre otro un tanto más grande, el golpe es directo a la cabeza, estoy un poco aturdido y siento como la sangre recorre mi cara, segándome. Me limpio los ojos y me levanto, la luz fluorescente sigue ahí. Ya casi llego, se escuchan niños gritándose entre ellos, como peleando, golpeo la puerta y esta se cae. Lo primero que veo es un hombre sentado en un sillón mirando fijamente hacia una ventana que se encontraba a un costado de la habitación, tiene un control remoto en la mano derecha y se ve de muy mal humor, detrás de él, a mi derecha, unos niños un tanto obesos comen sin parar, trepándose a la mesa peleando por la comida, me llama la atención que tanto el señor como los niños tienen una soga atada a su cuello, dejando colgar un tramo corto de la misma, como si se tratara de una corbata. Los chicos se detienen solo para mirarme, ninguno dice nada, solo mastican. El hombre me mira y me arroja el control remoto al grito de “¡FUERA DE MI CASA!” Me alejo rápido del lugar dando la vuelta a la casa, para continuar por el sendero que desemboca en este hogar, amargo hogar. Al pasar por la ventana lo observo al tipo que continúa con la vista dirigida hacia la ventana, esta vez yo estoy detrás de ella, puedo verlo a los ojos, me muestro completo en la ventana, no parece verme, sonríe…

Se hace difícil caminar con tanto barro por este pequeño camino, por lo que voy con la cabeza gacha para tener más cuidado en donde piso, alzo la mirada un segundo y veo una mujer con un vestido blanco, el final del vestido está manchado con barro, su piel tan pálida como su ropaje y su pelo rubio aun mojado, camina con su cabeza gacha también, pero no creo que por seguridad de sus pasos. Se cae a un charco, al ver que sus intentos en ponerse de pie son inútiles, me acerco para ayudarla y le extiendo una mano, me la corre de un manotazo.

¡No me toques hijo de puta! Puedo sola…

Déjame ayudarte…

No necesito ayuda…

Logro ver que tiene un corte en su pecho que no para de sangrar, unos hermosos ojos, rojos como su herida, irradian tristeza y odio a la vez, se aleja rápido de mí. Entra a la casa donde yo había sido echado, se escucha un grito del hombre seguido de un disparo, no alcanzo a oír lo que dijo. El hombre de la ventana sale de la casa y me mira fijo, algo brilla en su mano derecha, es un revólver, me quedo observándolo hasta que comienza a alzar su mano y me apunta, desaparezco antes de que dispare. Al instante la misma herida de la chica se abre en mi pecho…

Estoy confundido, solo y también con heridas en mi cabeza y mi pecho, el miedo fue reemplazado por la ansiedad, la ansiedad de salir lo antes posible de este lugar. Sigo caminando, ya sin rumbo, deje el camino de barro para perderme entre los árboles, escucho a alguien cantar a lo lejos. La escucho cada vez más cerca a esa increíble voz, desconozco lo que canta pero es muy placentero oírla. Es un viejo, está sentado en lo queda de un árbol que fue cortado por la mano del Hombre, como tantos que se encontraban alrededor de él. Veo que el cantante observa hacia arriba y entre su barba blanca deja ver una sonrisa. Mira a la luna, que se asoma entre las nubes que van desapareciendo, la mira con amor, por lo que interpreto que es a ella a quien le canta. Aparece un tipo vestido de azul por detrás de él y lo golpea con un palo hasta matarlo.

¡¿Por qué hace eso?! - Le grito...

Usted no se meta y siga caminando…

Pero, ¡¿Por qué lo golpea?! ¡¿Qué hizo de malo?!

Cantaba nene, cantaba… Dale, rajá de acá…

Recojo una piedra del piso y se la arrojo con toda mi fuerza, el golpe es directo a la cara, creo que lo maté, eso me pone contento por un rato, pero no puedo dejar de pensar en el pobre hombre que cantaba y la mujer del vestido blanco. Mis manos comienzan a sangrar, no comprendo por qué…

La luna ilumina el extenso bosque y puedo ver donde terminan los arboles, me dirijo hacia allá. Cuando llego a campo abierto, veo un resplandor que se asoma desde el suelo verde que se extiende después del arbolado, al llegar ahí me encuentro parado al borde de un abismo. Muchos metros hacia abajo, se deja ver el resto del monte completamente en llamas, me seco una lágrima y regreso la mirada hacia el oscuro bosque. El hombre de azul con el rostro cubierto de sangre; el viejo, bañado de ese mismo color rojo, acaricia al perro negro que mueve la cola salpicando agua por todos lados; la mujer de blanco con un hueco que sangra en su frente, me sopla un beso que escondía en su mano; el hombre con su revólver plateado; los niños con sus mejillas manchadas de grasa, con pedazos de carne en sus manos, no dejan de comer. Todos me miran, con bronca, con amor o con tristeza, pero todas sus miradas me dicen lo mismo, me invitan a arrojarme desde el barranco, lo supe al instante, por lo que me dejo caer hacia atrás. Estoy cayendo, muy lentamente, el calor de las llamas comienza a sentirse, me doy vuelta en el aire, el fuego me encandila antes de que llegue a rozarlo…

Mateo… ¡Mateo!

La vista comienza a aclararse y me encuentro parado frente al pozo…

Hijo, no te acerques tanto al pozo que podes caerte…

La empujo arrojándola al fondo del hoyo, ella y su insoportable caniche caen rápidamente en el fondo, se escucha un llanto entre las quejas de dolor, no se oye al perro, por lo que creo que murió al instante. Me acuesto en el verde césped con la cabeza al borde del insaciable hueco, la melodía de aquel viejo se me viene al instante y comienzo a cantarla con la luna y las estrellas como mi enardecido público que brillan más que nunca…

Sonrío y cierro los ojos, me imagino sentado en la luna, observando a un niño acostado al borde de un pozo, formando con su cuerpo el ojo de una cerradura en el suelo, espío por el ojo y lo que veo me retuerce el estomago, me hace un nudo en la garganta y me exprime los ojos hasta soltar una lagrima, al alejar la vista de la cerradura, una gota de sangre sale de ella…

Vuelvo a abrir los ojos, sigo tendido en el césped donde se encuentra el pozo donde todavía se siente el llanto de mi madre. La sonrisa se borró junto con la canción…